Pingüinos y focas

La estupidez de un lugar viene dada por la de sus habitantes. Y estos, en contra de la norma, suelen convenir solidariamente con pasmosa rapidez y mayor serenidad, dar a los “hechos o dichos propios de estúpidos” la categoría de seña de identidad o costumbre del lugar.  Afortunadamente, la estupidez, no es incompatible con alguna que otra virtud —detalle que me ayuda a justificar por mi parte lo que sería un claro comportamiento masoquista, o peor aún, resignado— no obstante este eximente, no es ni mucho menos suficiente para que cada vez que se impone un nuevo gesto de estulticia recalcitrante en las personas que respiran mi mismo mal aire, no se me caigan los palos del sombrajo, que —con la misma cantidad de voluntad que  ilusión— recoloco bajo el sol una y otra vez. Y de sol sabe Sevilla un rato.

Generalizar podría provocarme los mismos efectos que una doble sobredosis de cualquier medicamento depresivo , por lo que prefiero pasar por mentirosillo o iluso y circunscribir la manifiesta necedad existencial a los límites geográficos de mi ciudad —jugando a mi favor la escasa posibilidad de ser leído, y en tal caso, valorado—

Conocido por todos, menos por los que no, el chovinismo de Sevilla —esta ciudad Mariana encerrada en la piel de un macarra del s.XVI— nos convierte en el ombligo mal curado de un bebé de trol alicatado con tiques de museo, perfume barato y falsa guasa. Es precisamente esta enfermedad la que cataliza los procesos de estupidez profunda que aquí acontecen, y que con cariño y no menos esfuerzo procuro obviar en la medida de lo saludable.

Hoy, mi amigo Rodrigo me ha llamado con su decadente celular desde la sombra de una boda popular (de momento no sirvió repetirle tantas veces que a esos sitios hay que ir, o para evitar una guerra evitable, o porque los esposos lo hacen desde un convencimiento sincero y puro, y por la tanto respetable; y no para reírle las gracias al menos pintado, pues reír ya nos hacen Faemino y Cansado), para contarme sorprendido que hasta los niños iban vestidos con el traje de máxima etiqueta para el hombre, el chaqué, comúnmente conocido como pingüino. Lo primero que hice fue sentirme afortunado de estar a salvo en casa, pero durante muy poco tiempo pude evitar visualizar a todos aquellos curritos de chándal y todoterreno, jóvenes de cuarenta, mileuristas redomados,  domingueros de fútbol, funcionarios en huelga, desempleados, prestados, subsidiados, directores de banco de plazoleta con complejo de Madoff, abuelos, padres, hijos, y nietos, todos vestidos de pingüino, muchos bochornosamente alquilados, como si de cenicientados caballeros británicos del XIX dispuestos a montar a caballo se tratara. Y no es que estos señores no tengan el derecho a disfrazarse de lo que quieran, que lo tienen —siempre he pensado que lo digno sería presentarse enfundado de Spiderman— sino que la infinita estupidez que manifiestan entre sonrisas acartonadas con laca —debe parecerles gracioso traicionarse a sí mismos por parecer lo que no son— me provoca unas terribles ganas de, con un golpe de púlpito, zarandearles para, además de con un espejo gigante mostrarles la corta distancia que hay entre la elegancia y el ridículo, recordarles que esta noche —a toda honra— dormirán donde siempre, sin criada ni mayordomo que planche o pague su tontez.

Ellas podrían decir algo, en vez de emular a los pingüinos disfrazándose de focas envueltas en celofán.

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