La boda de moda: un crimen sin Hymen

Hoy, poco después de empezar, y justo antes de que alguien, desde Carolina del Sur, intentara convencerme de los beneficios de un pene más grande, he tenido el disgusto de leer mi primera invitación de boda recibida por correo electrónico, así que, con prisina y por la espalda, tensó mi cara el par de jarros de bofetadas que a diario se encargan de informarme que el mundo gira igual que ayer —valoren ustedes si bien, mal, regular, o igual que antes de ayer—.  En boca de los propios interesados,  la intención era “salirse de la invitación al uso”, así que podrán dar por más que logrado su objetivo: se salieron con la suya, del uso, y de todas las curvas habidas en el camino.

El tema “boda”, tam poco importante, potencia de un modo desmesurado, y sin a penas esfuerzo por mi parte, la poca ira que gasto, supongo que por la ligereza con la que se concentra en torno al asunto, impune y de gala, lo  feo entre lo feo, alardeando además de cotidiano. Y si la boda en sí, a mí plin, lo cotidiano me preocupa en la medida que lo comparto por necesidad, convirtiéndo lo que parecía la anécdota del día, en una cuestión personal de supervivencia mínimamente coherente. Por ello, me veo en la situación de rebatir lo que oteo —ante Dios, juez, o ambos pardos a la vez— con lo que puedo: mi opinión.

Manola, "La boda o la vía", 2009Manola, “La boda o la vía”, Huelva, 2009.

En primer lugar me gustaría señalar la populachera tendencia que comparte la generación Bola de Cristal —mi aniñada y responsable generación—, de inventar por inventar, sin mayor motivo que el de haber elegido la oposición a lo establecido —siempre dentro de una superficialidad suficientemente cómoda y publicable— como opción vital. Sin necesidad de tesis, la culpa de este fenómeno podemos achacarla a todo lo acontecido en España del treita y seis al setenta y cinco, que en el primer minuto del  setenta y seis, los libros de historia parcial convirtieron en maldito per se, sin caer en la cuenta de que en el lote venían cosas de antiguo, terminando así de rematar, por ejemplo, las contadas virtudes heredadas de la oportunidad perdida en el XVI. Pero claro, aún entendiendo el efecto rebote, propiciado por el entusiasmo con el que todos los vecinos menos uno secundaron el liberador momento —y en el que más de dos descubrieron de golpe la barba bajo su bigote Plaza de Oriente—, no comprendo como los que hoy nos acercamos a los cuarenta —con más de la mitad estudiados—, somos incapaces de darle al César lo suyo, renunciando a la capacidad de desaprendizaje de nuestro maleducado y políticamente correcto córtex. Aceptar que la Bola de Cristal tuvo en aquel momento un papel distinto al que hoy interpretaría, puede ser un buen comienzo para empezar a focalizar nuestra interesantísima inventiva en asuntos realmente nuevos —o viejos, pero de comprobada ineficacia— y así dejar de jugar a ser Colón con nuestras antiocurrencias de turno, ya sea (centrándome en las bodas): convertir la invitación a la  unión entre dos personas decididas a morir juntas, en un miserable email; o como no hace demasiado —o al menos lo suficiente como para haberlo olvidado—, evitar sabiamente invitarme a un enlace, que menos sabiamante, él y la mismísima dueña de mi primer beso, vinieron a llamar ¡noboda!. Reír tales gracias lo considero una falta de respeto a  expertos en la materia como son Faemino y Cansado, Tip y Coll, o Eugenio; y por lo tanto, aludiendo al reconocimiento justo y merecido, nuestras conciencias podrán descansar tranquilas después de obviar la noinvitación, o enviar el mail esponsalicio a la papelera.

Les aviso que yo he intentado en varias ocasiones ser innovador con los innovadores, preocupándome en argumentar las razones que me llevaron a declinar sus invitaciones, y no funciona en absoluto: los innovadores también prefieren la mentira.

(Hago un inciso a propósito del baile de pingüinos y focas sin mar sobre el que escribí hace poco, puntualizándoles que sólo algunas biografías filosóficamente privilegiadas, todo y nada vicianas, pueden permitirse el lujo de viajar en metro vestido de astronauta dirección La Villete, donde una blanca novia  espera deseosa por susurrarle al ingrávito je t’aime).

Manola, "Novia con cuñada esperando el autobús", 2010Manola, “Novia con cuñada esperando el autobús”, Sevilla, 2010.

Aparte de la inventiva plasticosa y desbocada, existe otro castigo divino, más arraigado incluso que el primero: la inercia, —en este caso la inercia nupcial—. El porquesí y el porqueno siguen pesando lo indeseable en el argumentario del ser pensante que somos, eliminando de raíz cualquier posibilidad de sentirnos delgadamente coherentes con lo que pensamos, y esqueléticamente consecuentes con lo que hacemos, entregándonos en cuerpo y alma —todo lo que no se aprecia, tiene un precio—  a la farsa. “No le voy a  dar un disgusto a mi madre” sería un alarde de sensatez argumental dentro de la inercia huracanada prematrimonial. Pero no pidamos más, pues medio giro de tuerca echaría por tierra las últimas dos décadas de los agraciados, periodo durante el que rellenaron el test vital de opción única con obediencia opusina: estudiaron “la carrera con más salida”; se compraron un  Seat Ibiza de kilómetro cero que reparaban todas las semanas en el “taller de confianza”; consiguieron su primer super-móvil tras firmar una permanencia que pagaron con el mismo dinero que la gasolina del Ibiza “que sigue consumiendo poquísimo”; tras los ocho años de dinero público fundido entre barriladas y barbacoas empolvadas, aceptaron el trabajo de becario por poder escuchar al orgulloso de su padre decir sus nombres y Cajasol en la misma frase, a sabiendas de lo que hicieron con los cien anteriores; se hicieron con un piso al lado de su madre, con “calidades de lujo”, y un mes después —sólo a los más desafortunadamente afortunados—  les tocó el de protección oficial —situado más allá, o incluso en el más allá—, viéndose obligados a delinquir como insolventes espirituales que eran, privando de espada y escudo al  piso protector, que de rifado pasó a secuestrado, a la espera de que algún bolsillo aventajado pague su rescate bajo cuerda; decidieron casarse, de blanco sucio, en mayo de dentro de cinco años; y antes de todo lo demás, tuvieron claro que querían “disfrutar, viajar y esas cosas” —como si quien sabe lo que es disfrutar pudiera dejar de hacerlo—. Evidentemente, a la inercia se le puede responder con inercia, y la mía me lleva a ver compulsivamente un capítulo más de Los Soprano, o cinco (el equivalente a una boda).

Por último —creo que si sigo sólo recibiré invitaciones a mudanzas— quisiera mencionar  la motivación promarital más usurera y mezquina entre todas: el interés. Lo que para mucha gente resulta plausible, a mí me permitiría poco más que esconderme, y es que plantear un casamiento como un miserable negocio me resulta vomitivo. Pero lo triste y cierto es que poco más cabe esperar de quienes desde jovencitos decidieron compartir pedos y nunca el monedero: “me debes cinco euros” le dijo él a ella después de embucharse el culo de la cerveza, y antes de esputar otras cien sandeces sin ahogarse—. El torpe y grotesco desenlace que “nos une en amor separando nuestros bienes”, es digno de parejas con complejo de Reyes Católicos, o de tipos de interés, desposeidos genéticamente de mayor bien que una hucha con mil Ibizas y un millón de móviles. Todo esto cobraría algún sentido —todo lo que fuese cobrar lo tendría— si en vez de un matrimonio fuera una SL lo firmado, no ante Dios sino un notario; pero en tal caso, y de momento, sería innecesaro declinar la invitación, pues la creación de empresas —qué pena— no se celebra.

Manola, "Novios de escaparate", 2010Manola, “Novios de escaparate”, Sevilla, 2010.
(Fotografía original de Enrique, Rioja 22, Sevilla)

La invitación electrónica, terminaba diciendo: “Si tenéis alguna duda, mandadnos un email o llamadnos por teléfono”.

Imposible no tenerlas.
Imposible ser cortés.

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