Pedro G. Romero o el mito del futuro jubilado

Por alusiones.

Pedro G. Romero
Pedro G. Romero

Entrevistas (im)pertinentes / Diario de Sevilla / Por Carlos Mármol

29/01/11

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(Tras la irreflexiva tormenta de frases descontextualizadas compartidas sin esfuerzo y con nimbo en Facebook, Twitter y otros ansiolíticos occidentales, me lanzo a los devotos de lo que toca al grito de «no todo es impulso»).

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No sé qué extraña circunstancia hace a los niños raros de la Sierra de Huelva crecer teorizando sobre lo humano y lo divino hasta convertirlo en poesía u obligación. Mi madre es panzurraca, por lo que además de haber secundado la sevillana costumbre de molestar a la sierra en su siesta, he tenido la oportunidad que ofrece pertenecerle en parte de tocar de cerca en cerca a su gente: serranos mecidos por aquella interminable media tarde de verano.

No conocer a Don Pedro personalmente no me impide identificar en sus modos de exponer y presentar lo que leo  a algún que otro cebollero, higuereño —aún encojo mi nuca zagalera pellizcada por la voz de corcho y humo de Manolo Ordoñez Poeta—, papero o alarjeño, todos raros y serranos, que comparten  más que en apariencia el amor profesional por teorizar sobre lo cotidiano, convirtiendo lo que tocan en vida, obra y milagros. Un estilo con aires de vicio, menos bravo que montés, que ligado al chauvinismo sevillano —que también enseña su pataza en esta entrevista— me hace dudar, por ejemplo, si fue Don Pedro quien adoptó a Sevilla —como Colón a Guanahaní— y no al revés.

Desde esta escuálida atalaya, en el papel de perdedor por obra y gracia de Israel Galván, trataré de rebatir lo que entendí —quién sabe si poco y mal—, siempre desde un respeto sincero por alguien capaz de lo más dificil: compartir su unicidad. Le ruego al lector en general y a Don Pedro en particular que deslea la posible acritud de mis palabras. Consúmame, por favor, como una naranja sin pelar: inicialmente amarga, gustósamente ácida y perdurablemente dulce.

El terciopelo es más indigesto.

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«La mayor parte de la mitología sevillana está en manos de jubilados».
Entrevistas (im)pertinentes, por Carlos Mármol, para Diario de Sevilla | Actualizado 29.01.2011 – 08:18

El artista se desmarca de la teoría de las ‘dos Sevillas’, desvela vínculos malditos entre la Semana Santa y las vanguardias y presenta algunas conclusiones de su trabajo de investigación sobre el imaginario sevillano.

EXTERIOR día. Barrio de León XIII. Arquitectura contemporánea en una calle con aires de pueblo antiguo. Quizás no lo pretenda, pero inevitablemente destaca.

– Permítanme comenzar con algo aparentemente secundario: el entrevistador preguntando hace honor a su apellido; y eligiendo titulares, entradas y preguntas, hace que un trozo de marmol parezca perspicaz. A lo largo de toda la entrevista me da la sensación de que la secuencia lógica de participación de las partes está invertida, es decir, leo preguntas formuladas a textos ya escritos con el fin de convertirlos en respuestas. Muy político para mi gusto. Entremos:

-¿Alguien que en Sevilla decide decir lo que piensa es un impertinente, un inconsciente o alguien sincero?

-En Sevilla es un privilegio que las cosas que se dicen sobre la propia ciudad tengan trascendencia, cosa que, por ejemplo, no ocurre en Segovia. Las palabras tienen un peso. A veces se vuelven en tu contra. Pero que las palabras cuesten es justo a lo que algunos nos dedicamos. La aspiración de las artes es que los discursos tengan algún tipo de efecto. Que no pasen sin pena ni gloria.

– Don Pedro, la trascendencia en Sevilla es como el olor a incienso: intenso y efímero. Una historia con letra gruesa y clara, alejada de la anécdota o la curiosidad, desnuda a una Sevilla permeable y fulana que a lo largo de los tiempos se ha conformado con parecer y compadecerse. Ser crisol de culturas no es un hito gratuito, del mismo modo que no lo es un stand en Fitur. A mi madre, la panzurraca, no sólo no le resuenan sus palabras, sino que ni siquiera conoce a quien las dice —en eso se parece a los universitarios de nuestra ciudad, que a su vez tienen mucho de jubilados—; de lo que deduzco, que cuando usted se refiere a «Sevilla» en su discurso protrascendente (ojalá), señala generosamente a la suya: más pequeña que la mía.

Sevilla, para lo bueno, lo malo y lo regular, es todo lo contrario: un eco sectario y superficial.

En cuanto al arte y sus aspiraciones, creo que humildemente debería bastarse con un efecto intimista, individual, e incluso perdurable sólo por momentos —que no es necesariamente un fruto menor—, tomando conciencia de la parte que representa, y evitando convertir su aspiración en ambición —y menos aún política—.

El arte viaja en globo.

-¿Usted ha tenido problemas ?

– Aunque no quieras ser un heterodoxo, si tienes ideas de cómo hay que hacer las cosas, inevitablemente, chocas. No me quejo: mi generación ha sido privilegiada, pero cuando me preguntan digo lo que pienso. Y si discrepo, pues discrepo.

– Yo además añadiría que no hay que ser, ni sentirse, especialmente especial para decir lo que se piensa o montarse en los autos de choque. Basta con estar dispuesto a rendirse ante la inmejorable oportunidad para rectificar que es equivocarse.

-¿Existen las dos Sevillas?

-Yo rechazo la separación entre la ciudad tradicional y la ciudad moderna, que es en lo que se basan los planteamientos progresistas sobre Sevilla. Ambas pueden ser por igual modernas y reaccionarias. Se dice que Sevilla es muy tradicional y poco abierta a lo moderno. ¿Qué es lo moderno? La alternativa de construir una nueva idea de la ciudad enfrentada a su supuesto modelo caduco es perversa. No consiste en traer los modelos europeos, algunos banales, sin más. Yo quiero que lleguen esos modelos, pero para discutirlos. El antagonismo es un factor fundamental para construir la ciudad. Tragar con ruedas de molino es otra cosa. Por otro lado, la mayoría de la mitología sevillana está en manos de jubilados. Gente con tiempo libre que se dedica a las hermandades. Hacen un trabajo increíble de archivo y de lecturas, pero su capacidad de análisis es pobre y sus posiciones políticas y estéticas… La Semana Santa, el flamenco y los toros son parte de la Sevilla tradicional tanto como lo es el arte moderno, que es del siglo pasado. Ortiz Nuevo ya lo dice: «Todo empezó con el ferrocarril». El libro que escribió Núñez de Herrera [Semana Santa. Teoría y Realidad] me parece clave para entender la cuestión. Tanto como saber que Sevilla es referencia de vanguardia en el movimiento dadá.

– Entrar al trapo de las dos Sevillas es parecido a levantar el dedo en el debate «huevo o gallina». Así que ahora que tengo un rato que perder, entraré:

Las dos Sevillas se podrían argumentar con la misma propiedad que la una y global, las mil y una, o las tresmil; sólo habría que elegir el punto de fuga adecuado para encontrar lo que se busca; pero de ahí a tratar de diagnosticar trastornos bipolares y recetar remedios de ayudante de boticario, hay un paso de peso —por la música, yo diría que El Santo Entierro—.

Que dos realidades puedan cohabitar no las priva de sus respectivas individualidades, sobre todo cuando la perspectiva de análisis elegida las encara obviando su esencial incompatibilidad: la tradición y el progreso conviven para siempre y desde siempre frotándose sus espaldas, como dos pistoleros siameses dispuestos a nunca batirse en duelo. Por otra parte, como usted bien apunta, la incompatibilidad en el marco temporal entre tradición y progreso no convierte en antagónicos los conceptos, anulando de raiz la interpertación que con ligereza se hace sobre el arraigo generalizado de costumbres, como un lastre insalvable para el futuro. Estoy de acuerdo, Don Pedro, que el futuro siempre se escribe desde el pasado, y no con estructuras marcianas y calzador.  Aunque sí le digo, que si tuviera que elegir huevo o gallina, apostaría con pena que Sevilla disfruta más reviviendo en bucle el ayer, que inventándose el mañana: «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy» es un dicho popular sureño que parte de una actitud mayoritaria, más que tradicionalista, conservadora; y —como diría el moderno de Silvio, si ojalá pudiera—«más que conservadora, Sevilla se conserva», en sal de segunda mano, humo fumado, y gomina.

En cualquier caso, la división planteada me resulta pobre y parcial, fundamentalmente porque pretende describir una realidad colectiva a través de conceptos no pluralizables. La inmensa mayoría de la población vive arrastrada por el presente más absoluto. No hay tiempo para el pasado, ni siquiera un momento para el futuro; si acaso nostalgia televisada, y planes de bolsillo.

Termino con las palabras que alicatarían mi entrada de mármol:

Por haber habría dos Sevillas, más allá del arte, la cultura, o la costumbre: la faldera y mitómana, uterina, llorona de teta y sopa, basada en un matriarcado paternalista histórico que vertebra las instituciones por las que pisa, ya sea familia, hermandad, club, peña, panda comemocos, banda ombligera, o domingo en misa, todas eximentes de culpa y lavadero de penas para sus perennes niños miembros ; y la Sevilla emancipada, que no es otra cosa que una bomba desactivada.

Ambas se obvian por pudor.

-Usted no nació en Sevilla.

-Soy de Aracena. A Sevilla vine a estudiar a una Facultad de Bellas Artes que no es que fuera decepcionante, sino que era peor. No tenía nada que ver con la creación. Me salvaron los amigos y dedicar el tiempo a aprender por mi cuenta, leer y vivir experiencias. La ciudad, que es increíble, fue el marco de esas experiencias.

– La Facultad de Bellas Artes que usted sufrió puede verla como una metáfora de la propia ciudad: un Kinder caducado, cuya sorpresa, religiosamente moderna, sumisa y quejosa, se  basta con disfrutar del tercer grado.

-¿Por qué es increíble Sevilla?

-Por lo bien que se está en la calle. Por la temperatura. No sé. Es el ritmo de la ciudad, la mecánica del tiempo, la forma de consumir la vida. Cuando empecé a contrastar todo esto con otras ciudades me pareció algo increíble. Pero que esto fuera así no podía deberse a que los sevillanos seamos tan maravillosos. Los relatos sobre el Betis son parte de nuestra mitología, pero también lo son los relatos sobre el cubismo.

– Sevilla es increible por los sevillanos, capaces de organizar con esplendor inmaculado —la mayoría secundando, muchos tolerando, y el resto huyendo— una realidad única como es la Semana Santa del mundo; a la vez que, con las almas ya vestidas de paisano, se pavonean por la misma ciudad como bebés bravucones en un parque de bolas improvisado. Sevilla, con un desvergonzado complejo de Feria de Muestras —y sus habitantes de comisarios—, es incívica per sé, recibidora, que no hospitalaria —o al menos menos que cualquier Asturiano—, aparente, e inventora de la palabra tranfullería. Mitómana de sí misma, se perfuma con el alba de azahar, y sin embargo huele a orín.

Por lo demás, Don Pedro, pruebe a darle a elegir a un bético, entre un trozo de red de Final de Eurocopa ganada, y Las señoritas de Avignon. Sin duda eligiría lo segundo, para venderlo y comprarse el Benito Villamarían —no sin antes haberse follado a la más tonta—.

-¿De verdad?

-En Sevilla hay vínculos entre la vanguardia y lo tradicional.

– Los vínculos son necesarios pero no suficientes para crear realidades medianamente absolutas.

-A primera vista no lo parece.

-Cuando llegué a estudiar, por ejemplo, no existía en el mundo del arte ningún tipo de infraestructura pero sí había una superestructura de creadores brutal que no se correspondía con las demandas ni de la propia ciudad ni con lo sostenible. Aquí no tenían gran repercusión, pero trabajaban fuera.

– Sinceramente desconozco quienes conformaban aquella superestructura tan brutal de creadores, pero sobre todo me gustaría saber dónde están ahora. ¿Quizás al amparo de alguna institución política o politizada?. No alcanzo a imaginar más, pero lo que está claro, Don Pedro,  es que a Sevilla no han vuelto —tampoco muertos—.

-¿No lo hizo usted también?

-Estuve un año viviendo en Madrid, que era el meollo del mercado del arte en España. También trabajo en Barcelona. Viajo constantemente, pero no he pensado en irme a vivir fuera ni por asomo. Se puede trabajar en el mundo del arte desde aquí, otra cosa es que este tipo de trabajo no se reconozca en Sevilla. Pero mis gafas son las de esta ciudad.

– Sevilla: de bella durmiente a ciudad dormitorio. El cambio evidentemente es a peor, pues en el camino falleció la posibilidad de despertar.

-Usted ha investigado sobre todo el uso social y cultural de las imágenes. ¿Ha llegado a alguna conclusión en el caso sevillano?

-La relación de tensión en Sevilla con las imágenes no es anecdótica. Mi archivo sobre iconoclastia se nutre de muchas de las imágenes que, en realidad, pueden verse en los bares. Huyendo de la parte de provocación que aparentemente parece que tiene lo que voy a decir, y yo no lo pretendo, creo que entre sacar los pasos a la calle y quemarlos no hay demasiada diferencia. En el fondo es el mismo gesto: se otorga un determinado valor a las imágenes.

– El paseo de pasos y las hogueras de San Juan comparten una raiz simbolista, pero ello no significa que las formas convenidas sean permutables, es decir, si desvinculamos los significados de sus significantes, el símbolo concreto dejaría de funcionar. Nadie comprendería sustituir una hoguera embravecida empeñada en avivar al sol, por una candela de Martínez Montañés mecida bajo bambalinas al son de una  cuadrilla de costaleros; y en el caso contrario, quemar un paso no sería lo mismo —ni mucho menos— que venerarlo con mimo sevillano; aunque ambos gestos coincidan en otorgar valor sinergético a una acción.

A pesar del parecido, «G.» no es lo mismo que «.G». Existe la lógica del símbolo.

-¿Usted cree?

-Hombre, tu vas a Ovidio [taberna cofrade] a tomar una cerveza y ves fotos de vírgenes, entre ellas la de la Hiniesta quemada. Hay discursos reaccionarios sobre lo sagrado que producen un exacerbamiento similar a la misma pulsión psicológica de la pornografía. Quien para mí mejor explica esta cuestión es Felipe Pereda en su libro Imágenes de la discordia, donde analiza cómo en Sevilla se pasa de un discurso iconófobo a otro iconolúdico. Aquí se potencia  el culto a las imágenes  porque lo que se buscaba era un proyecto político de colonización del imaginario que tiene que ver con los judíos y los moriscos, además de con la necesidad de construir una sociedad nueva. El prestigio del imaginario popular sevillano, en realidad, es relativamente reciente. Lo que había en Sevilla era quincalla hasta el siglo XIX. El arte entonces era Italia, no Martínez Montañés. El proceso merced al cual el barroco pasa a considerarse arte empieza en el XIX. Si se atiende al Espasa el barroco no existe como palabra hasta1910.

– Es el miedo y la irresponsabilidad lo que nos hace iconoclastas, y de ambos males sabe mucho nuestra Sevilla del alma. La necesidad de falda, que hasta el XVII estuvo cubierta en cierta manera por el halo de autosuficiencia de la Sevilla imperial, nos obliga, ignorantes e impasibles, a besar estampitas, entradas de fútbol, y cupones. Pasado el XVIII y el tren de vapor que no cogimos, nuestro futuro puebluno, subyugado a la fe,  quedó escrito. Y en los pueblos, ya se sabe: las peras, del peral —o en el frutero del cura, el maestro, el médico o el mandamás. Después llegó la televisión y todo lo demás.

(A propósito de la televisión, a la que usted se refirió en una entrevista anterior como un sustitutivo de la foto del santito de turno, dueño y señor de la pared más grande, me gustaría compartir con usted —y aquel que quepa— la idea de entender el mal uso dado al buen invento, como el resultado de la combinación entre el Progreso, la Sociedad del Bienestar y el Principio Termodinámico de Mínima Energía).

-Hay quien cree que el barroco es eterno: la esencia sevillana

-Es una construcción reciente. Posterior incluso al XIX. Más o menos de los años 20. Es la palabra con la que los historiadores alemanes e italianos designan el periodo entre el plateresco, el churrigueresco y el posterior clasicismo. ¿Dónde está el barroco en Sevilla? Aquí más bien lo que había era  morisqueo, arabesco. Lo que a mí me interesa del modelo sevillano, en contraste con el barroco del norte de Italia o del centro de Europa, que es vertical, es esa horizontalidad que tiene que ver con el mudejarismo.

– Sevilla es barroca independientemente de la mayor o menor presencia del estilo artístico en nuestra ciudad. La palabra de la que procede, barocco, de posible origen portugués —en castellano barrueco no significa otra cosa que joya falsa. ¿Habrá algo más sevillano?

-¿La gente está equivocada?

-No sé cómo se dice con esa facilidad que Sevilla es barroca. ¿Dónde están las plazas barrocas? En Sevilla todas son cuadradas. ¿Dónde están las iglesias de planta jesuítica? Entras en cualquiera y no hay cambio de volúmenes. Son superficies rectas con tramas rugosas. Pudiera hablarse de una cierta sensibilidad barroca pero nada que ver con el barroco de verdad, que es el de Italia.

– Sí. Lagente está equivocada. Y nosotros también.

-¿Entonces?

-La reelaboración decimonónica es la que produce una sofisticación de lo grotesco. La Semana Santa tiene bastante de carnavalesco. Se esconde bajo mantos de trenzados arabescos. La tensión entre lo grotesco y lo arabesco está, por ejemplo, en los cuentos de Poe. Es la misma sensibilidad de Bécquer y de la burguesía de ese  momento histórico. Pensar que la imagen de una Vírgen tiene el mismo estatus de imagen artística que una de Tiziano es absurdo. Hablamos de otro tipo de construcción estética. En el siglo XX, por otro lado, estas imágenes se convierten en objetos de consumo. Cromos.

– Qué obsesión, Don Pedro, por pretender describir una realidad generalizando el análisis carambolesco de una porción de la misma, cuando al menos en este caso, el todo se define solo: Sevilla es confortablemente grotesca. No es necesario rascar; basta con ver un paisaje de sus azoteas.

-Se trivializa.

-La Semana Santa  de Sevilla no es la de Valladolid. Hay sangre, pero también un gran trabajo de sofisticación para rebajar los niveles de crueldad. Hay una voluntad de domesticar la violencia que no existe en otras partes. Ese trabajo, sobre todo, lo hace Rodríguez Ojeda, cuya figura no está bien enfocada. El modelo sevillano es el que al final triunfa en Andalucía porque entonces era el de los tiempos modernos.

– Supongo que se refiere únicamente a la crueldad física, pues la virulenta amputación de horizontes a la que se somete  de foma masiva a los niños sevillanos —nazareándoles, y privándoles de mirada creciente si no cruel o inhumana, al menos es deshumanizante y sobre todo desesperanzadora. Como en cierta manera evidencian sus respuestas, en Sevilla no es posible entender la anécdota como un género menor, otorgándole el rango de ley soberana a la primera de cambio y hasta las últimas consecuencias. Otro ejemplo —otro virus— es la extraña costumbre, normalizada hasta el aplauso, de inscribir a los recien nacidos como socios del equipo de fútbol de sus orgullosos padres e impávidas madres.

Quizás sería interesante plantear relaciones entre la violencia psíquica, y el éxito.

-¿La Semana Santa es moderna?

-Toda la música de Semana Santa es del siglo XX. Font de Anta, por ejemplo, hacía también música para cabareteras y dirigió orquestas en Nueva York. Aquí, sin embargo, lo quieren reducir a la historia de la Amargura. Hay muy poca seriedad a la hora de estudiar esta riqueza.

– Don Pedro, responde usted de un modo tendencioso, pues de igual modo podría haber comentado que la Hermandad del Gran Poder de Sevilla sabe a rancio como un paquete de pipas de 1431.

-¿Por qué sólo se recuerda una sola cara de estos artistas?

-La Guerra Civil cambió y reconstruyó todo el imaginario de Sevilla. Mira los casos de Rafael Laffón, que  tiene libros vanguardistas y europeos, antes de volver al clasicismo, y de Helios Gómez, que era un pistolero de la CNT que había participado en actos de terrorismo, un personaje radical en sus posiciones.

– Este razonamiento sería válido si durante los 72 años que llevamos sin Guerra Civil, de los cuales 35 no vió Franco, Sevilla hubiese plantado algo más que geranios. Pretende usted convencerme, Don Pedro, de que mi madre de zagala estaba bien alimentada porque una vez vió un plátano.

-¿No se entiende que en algún momento existió una ciudad donde podían convivir estas sensibilidades tan contrapuestas?

– No se entiende porque hubo una Guerra Civil y se ha reconstruido toda esa memoria con un único sesgo. Hubo una Sevilla posible en la que Helios Gómez y Laffón eran íntimos y compartían el mismo mundo aunque sus posiciones políticas y estéticas fueran totalmente diferentes.

– Si insiste, insisto: esto no explica que hoy esa Sevilla siga siendo imposible más allá del gesto casual.

-¿En la Semana Santa no hay también un discurso de poder?

-Sí. Cuando yo llegue a Sevilla la Semana Santa era diferente. Al Gran Poder iban a verlo cuatro. La puesta en valor de las hermandades, en relación sobre todo a los barrios, apoyada por el PSOE, es posterior. Como espacio de representación de la ciudad las cofradías son un lugar de poder que se mueve y se construye de una determinada manera.

Sanvicente, "Semana Santa de Sevilla", 1984Sanvicente, «Semana Santa de Sevilla», 1984. ABC de Sevilla, 20/04/84, 5ª pág.

– Es obvio que usted pretendía decir algo distinto a lo que se entiende.

-¿Cómo?

– En las típicas discusiones de Semana Santa siempre aparecen dos cuestiones: el purismo y la relación de las imágenes con los barrios. A mí me parece que fenómenos como el de San Gonzalo, o el Cerro, cuando vino por primera vez al centro, es una operación de urbanidad que sólo puede ser comparable, por ejemplo, al Metro. Dota de cohesión al imaginario de Sevilla. Aunque en realidad no es que el imaginario del centro construya el de los barrios, sino que es el imaginario de los barrios el que termina construyendo el imaginario del centro de Sevilla.

– Cuando habla de «operación de urbanidad», parece otorgarle al fenómeno una intencionalidad socio-política que a mi parecer le viene grande (no a usted, sino al fenómeno). Más que una estrategia premeditada de socialización, veo una evolución natural y coherente con la tendencia globalizante que arrastra al mundo desde el chimpón de la II Guerra Mundial —que no equivale necesariamente a espacios más urbanos—. Realmente creo que existen hitos más significativos a la hora de analizar la urbanidad de Sevilla, como por ejemplo la llegada y expansión de El Corte Inglés, así como su influencia en la ordenación de los espacios comunes e integradores de la ciudad.

-El imaginario sevillano no es sólo cosa de religión.

-Además de la imágenes religiosas están los mitos: Don Juan, Carmen.  En Sevilla vivimos asombrosamente en el modelo previo al Trecento: las imágenes no son representaciones, sino encarnaciones.

Más que de imágenes religiosas,  mitos, representaciones encarnadas o no, Sevilla vive de la renta y por la gracia de los tópicos.

-¿Usted cree en la sevillanía?

-El sevillanismo, que es como una profesión, entra en crisis en cuanto pone el pie en la calle. ¿Recuerdas el poema de Abel Martín? Oh/maravilla/la Gran Sevilla/sin sevillanos. El idealismo sevillano tiene su canon de partida en una Sevilla sin sevillanos. Machado lo dice de forma crítica. Todos los demás, Izquierdo, incluso Chaves Nogales, que en realidad es el más abierto, el que más detestaba esa sensibilidad, en el fondo parten de la creencia de que la ciudad existe pero la gente la mancha, la estropea. Algo opuesto a la riqueza polisémica de la Semana Santa.

– No sería opuesto si entendemos la Semana Santa de Sevilla como una mancha engalanada de sevillanía concentrada, que desaparece por costumbre un domingo centrífugo, que llaman curiosamente»de resurrección».

-¿El idealismo sevillano es aristocrático o reaccionario?

-Es como un esteticismo de segunda. El aristocratismo extranjero de los Montpensier y de los franceses tiene una sensibilidad que destaca lo que la burguesía local rechaza.  Curiosamente, después han intentado hacerse los dueños de ese modelo, que es el popular. Necesitan prescindir de la gente, que en realidad es la que ha creado el fenómeno. Un modelo autocrático de la ciudad. Es lo mismo que piensa el alcalde. Toda la maravillosa generación de la República, el 27, la que construye la primera modernidad en España, de alguna forma con ese modelo burgués, liberal, incluso por el mejor de los lados, prescinde de lo popular. Aún ocurre. Hay individuos que piensan que la gente mancha.  No sólo me refiero a la Semana Santa. ¿Qué pasó en Triana? Se convirtió en el símbolo de la ciudad tradicional cuando se expulsó a sus habitantes de siempre, cuando se domesticó. Ahora pasa igual en la Alameda y en San Luis.

– Dejando a un lado al  pudibumbo sevillano ham-burguesado , quería puntualizar —sobre la realidad que tan bien ha descrito Don Pedro—, que quizás tenga algo que ver en las distancias interpretativas de una misma realidad, la diferente intensidad de percepción entre el visitante y el visitado. Es habitual que en la adolescencia los padres de nuestros amigos nos parezcan más apropiados que los propios, cuyas rutinas y bromas nos resultan castigos; y algo parecido puede pasar en la interpretación de un mismo hecho, por parte de un forastero, y de un vecino. Algo que al primero puede parecerle auténtico y genuino, al otro puede resultarle incómodo y desagradable. El día que pongan el primer semáforo en mi pueblo me parecerá horrible, sin embargo allí lo entenderán necesario.

Sevilla tiene un nivel de comodidad bipolar.

-¿Cuál es la importancia de la construcción del imaginario?

-El imaginario es algo estructural. Construye la ciudad igual que la línea del Metro. Incluso más que el nuevo carril-bici.

– Yo no le otorgaría tanta importancia a lo que no es causa ni efecto, sino síntoma. Quizás el imaginario sevillano me valiese para construir un mapa del pánico.

-¿Construye una mentalidad?

-Claro. Y de forma profunda. Para mí, por ejemplo, resultan inexplicables los motivos por los que la Sevilla reaccionaria, por así decirlo, ha dejado que ocurra lo de las setas. A nivel de fuerzas simbólicas, no tiene explicación que no haya sido capaz de diagnosticar la sintomatología de la aberración, sobre todo presupuestaria, que es el Parasol de la Encarnación, un proyecto estrafalario, sin otro interés salvo el capricho. La Sevilla reaccionaria ha consentido que ocurra. ¿Casualidad? Más bien señal  de crisis en el reparto del imaginario de la ciudad. El sevillaneo habitual se refugia en sus almenas en una posición cómoda, está en la boutade de bar, en disparar desde lejos, pero no está precisamente donde se toman las decisiones, jugando con lo real. Las plataformas que se han enfrentado a este proyecto eran todas progresistas.

– Desde que estoy, la Sevilla reaccionaria, por así decirlo —como usted lo dice—, permitió el derrumbe de media ciudad palaciega; la catastrófica urbanización de las barriadas de la democracia; el pésimo gusto reiterado de los arquitectos de Osuna; la matanza de moscas a cañonazos que fue nuestra Exposición Universal; su posterior abandono; la construcción de una sala de conciertos que llamaron «Estadio Olímpico»; tres intentos de metro; y un tranvía con figurantes al que sólo le falta funcionar a vapor.

¿Desde cuándo está en crisis el reparto del imaginario de la ciudad?

-¿Cuáles son los rasgos del discurso reaccionario en Sevilla?

-Funciona como pantalla, para distraer. No permite el diálogo, no construye. Es un sermón de atalaya.

– Esa descripción  valdría para el discurso reaccionario de cualquier otro lugar. Lo cual vitaminiza  la idea de que Sevilla no es tan especial.

-¿Ha existido siempre?

-En la Sevilla de los 50 y 60 se produjeron circunstancias que permitieron bregar con la modernidad sin problema. Mucho más que en Madrid y Barcelona. Orson Welles habló incluso de que la cultura popular andaluza era la más viva, comparable con la de Estados Unidos.

-En los años 50 Sevilla era franquista, y en los 60 más. Vuelve a basarse en la historieta para crear la historia. Orson Welles también tenía derecho a equivocarse —o al menos, de momento, el tiempo no le concedió la razón—.

-¿Su estudio con Armando Silva sobre el imaginario hispalense qué conclusiones ofrece?

-Aplicamos una metodología determinada en las ciudades. En Sevilla estamos entre las nociones mitológicas de Barthes y Levi-Strauss.

– Atención a la pregunta de Mármol:

-¿Y eso?

-Porque las supuestas grandes mitologías locales se convierten en estampitas fácilmente consumibles.

– Es la propia Sevilla la que a sí mismo se consume en coleccionables.

-¿Qué piensan los sevillanos?

-Que Machado es el personaje histórico más relevante.

– Responder a esa pregunta de ese modo, me permitiría afirmar sin vergüenza, que los sevillanos no han leído a Machado.

-¿Demasiado maravilloso para ser realmente cierto?

-Pues sí. Aunque para mí lo importante no es tanto sacar consecuencias directas, sino estudiar síntomas. Otros ejemplos: Carmen Sevilla es más famosa que la Carmen de Merimée. Muchos ciudadanos ven Sevilla Este como la ciudad del futuro pero, al tiempo, reconocen que nunca la han visitado.  La Alameda, Feria y San Luis se siguen relacionando con las drogas y el antiguo mercadillo. Una imagen antigua.

– Carmen de Merimée menos que Carmen Sevilla,y más que ésta, Carmen de Mairena. Por otro lado, el Pumarejo, provincia de San Luis, sigue siendo un cementerio de adictos —ahora  a la metadona—, y Sevilla Este un dormitorio sin interés turístico alguno. A Sevilla no le interesa ni el futuro ni el turismo, si no es para elogiar al pasado, o comparar despectivamente cualquier cosa con la Giralda.

Desaprender está contraindicado para ombligos nostágicos.

-¿Su estudio desvela cuál es la idea de progreso en Sevilla?

-La Expo 92, por delante de la Guerra Civil, es valorada como el suceso más importante de toda la historia. Explica cómo se concibe lo nuevo. Aquí, a mi juicio, está el error esencial de las políticas municipales: ven este dato y creen que es un recetario, en lugar de un problema. El Parasol es eso: si los sevillanos piensan que la Expo es lo más importante, lo adecuado es convertir Sevilla en Disneylandia. Un concepto erróneo del progreso. En realidad, yo estoy con Benjamin: la revolución no debe poner la máquina a más velocidad, sino echar el freno. La naturalidad de Sevilla contra el progreso debe ser entendida como algo progresista, de izquierdas. Tanta propaganda a colores, como la que ahora hace el alcalde con el dinero de todos, es una inmoralidad. Usa una retórica con la que no sé a quién pretende convencer. No creo que le funcione: el cabreo de la gente impide tragar semejante relato.

– La Expo’92 atrae turistas, y la Guerra Civil votos. En el justo equilibrio está el secreto para seguir gobernando una ciudad que le ha cogido gustillo a comerse los mocos.

En cuanto a lo importante, la inacción puede dejarnos otros cuatrocientos años de involución, lo cual no tienen por qué preocuparnos, pero tampoco hacernos sentir en la obligación de reconceptualizar nuestros vicios con el fin de justificarlos. Sevilla no se opone al progreso con naturalidad, sino con soporífera parsimonia y bajo el patrocinio de la virgencita, que es a nuestro alma, como a los ojos la cebolla; por lo que me me resulta irreal pensar que esa actitud pueda llegar a autointerpretarse como un gesto consciente de progreso.

Estoy de acuerdo con su teoría, Don Pedro, incluso con el espacio elegido para aplicarla, pero obvió, creo yo, algo importante: los conejillos de Indias pueden salirle rana.

Concluyo parafraseando al mal hablado que porto:

«Sevilla es una paja a media polla».

Gracias, Don Pedro.
De verdad de la buena.

 

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