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Mártir de las Mayorías
No hace tanto que en España el uso del casco durante los desplazamientos en motocicleta pasó de ser una buena recomendación a una obligación legislada e inusualmente perseguida. Hasta ese momento se le permitía a cada conductor decidir libremente sobre algo tan intransferible como es la asunción de riesgos personales, dejando abierta la posibilidad de dar un paseo en viento sin el miedo abrazado a tu espalda. Quien haya podido disfrutar de la extinta sensación—ya sólo a disposición de románticos, trasnochados y coleccionistas de multas— sabrá que la pérdida es importante, no sólo en lo que a gozo se refiere, sino también por cuanto dificulta la ya complicada tarea de vivir la vida con desparpajo y naturalidad. Sin duda, despreciar el peligro que implica el placer sería un ejercicio de estupidez supina, pero en ningún caso lo suficiente como para justificar el atropello a las libertades individuales que supone su prohibición. El abuso de sistemas preventivos dirigidos indiscriminadamente al conjunto de la sociedad acaba instaurando el miedo como lengua oficial.
De la imposibilidad legal de no poder decidir si usar o no casco por mí mismo y mi propio bien, ya sea físico o mental, no me preocupa su uso político —tan políticamente correcto—; tampoco el económico —tan innoble por recaudatorio—; ni siquiera me altera su trasfondo, que deja entrever como las compañías aseguradoras claman al Estado, tan bien asegurado, por cuanto le bajan la rentabilidad anual los paseos en moto fallidos —cuando, por ejemplo, hubiese bastado con elevar las primas de aquellos que decidieran seguir circulando en moto sin protección, evitando así que paguen los cráneos rotos justos por pecadores—; lo que realmente me inquieta de este mal truco es la facilidad con la que mis colegas y obedientes ciudadanos han acatado la norma, interiorizando el falso discurso y su mensaje como propios, hasta el punto de que hoy en día ver a un motorista sin el casco reglamentario provoca la sensación de que nos encontramos ante un irresponsable, un sobrado —me refiero al hermano de un policía—, un ignorante o un torero, sin pensar que quizás sólo se trate de algún pobre insobornable convencido de que vivir mata y todo lo demás es tontería.
No es más que un ejemplo, quizás tonto, pero representativo, de cómo la política —cada vez más económica— acaba monopolizando la realidad mediante el uso tendencioso de las grandes palabras, en este caso interviniendo ni más ni menos que en nombre de la Vida. Es el éxito que otorgan a la estafa sus propias víctimas lo que permite que la Realidad Oficial se imponga como única, calando sin piedad ni remedio en todo lo cotidiano hasta transformarlo en ordinario: en nombre de la Cultura asimilamos que los museos son destinos turísticos de obligado culto, que París deja de serlo si no accedemos a encaramarnos a su anoréxica Torre Eiffel, que viajar —siempre en dirección norte— abre la mente, y que si una obra de arte nos provoca un eructo sólo puede deberse a una minusvalía sensorial congénita; en nombre de la Salud nos han convencido de que todo lo que no se puede operar se cura con analgésicos, ansiolíticos o antidepresivos, de que la Gripe A es mortal por lo menos hasta que se acabe la montaña de vacunas compradas a algún país con favores pendientes, de que la aspirina es buena, de que la aspirina es mala, de que la aspirina es buena y de que la aspirina es mala; en nombre de la Igualdad han logrado que las mujeres emulen a los borregos con aires de verraco que cada domingo se hacinan en los verdes campos para ver jugar a la pelota y al blanqueo de capitales, que se anteponga la realización profesional a la personal delegando en mano de obra barata la crianza de los siempre inoportunos hijos, que el lenguaje y la lenguaja sea cosa de zorros y zorras, que se pueda cosificar a un hombre en un anuncio de refrescos y que la caballerosidad se confunda con machismo; en nombre de la Educación han cambiado la cortesía por diplomas de mercadillo y el saber por visados de entrada al paraíso especular de la eficiencia y la productividad, han invitado a la excelencia a ceder su espacio a la mediocridad —dándoles la oportunidad, eso sí, de formar parte de la nueva variante humana, el Homo Studium, que nace, estudia, se beca y muere—, han convertido a los maestros en funcionarios de prisiones —y estos se han conformado con que les paguen por ello—, y nos han enseñado a vivir sin escribir para acabar hablando como Tarzán; en nombre del Empleo se fumaron el Artículo 35 de la Constitución, y ahora un licenciado en Administración y Dirección de Empresa becado como cajero de un banco es un caso de éxito, y el mayor sueño español ser funcionario con sueño ; en nombre de la Justicia aprendimos a esperar, a sentir sin sentido común, que es peor sisar una bota que un botín, y a valorar la fe como alternativa a encontrar la paz al menos después de; en nombre de la Seguridad nos convirtieron en datos, nos protegieron con cámaras, nos cachearon, nos ficharon, nos perdonaron, y cuando por fin conseguimos subir al avión nos sentimos como Steve McQueen en “Papillon” al haber conseguido que no acabaran metiéndonos cualquier dedo por el culo; en nombre de la Defensa se han compensado las balanzas de pago vendiendo bombas racimo o comprando goma para tirachinas, se han cambiado muertos por daños colaterales, ocupado países, invadido personas y programado guerras preventivas en horarios de máxima audiencia; en nombre de la Política las noticias de ayer ya han pasado a la historia, la economía se autonombró Primera Dama, las ideas dieron paso al marketing, los debates a los discursos con apuntador, y ante la falta de café se prometió “Coca-Cola para todos” y algo de comer; y con la tranquilidad que da saberse con el control, en nombre de la Democracia quedó justificado todo lo anterior.
El tamaño del paisaje es de tal envergadura que resulta peligroso alejarse lo necesario para atisbar otro horizonte detrás del de mentira, sobre todo por el riesgo que corremos de convertirnos en basura espacial —tan desintegrada y solitaria— atrapados entre la espada del infinito y la pared de un fraude con título de Realidad Oficial . Pensar que esta mentira es enmendable desde dentro puedo entenderlo como un ejercicio de fantasía tras el que se esconde una maniobra de engaño, autoengaño o supervivencia, pues como le pito y repito a un examigo amigo mío aficionado a jugar en la boca del lobo “Paco, bájate del barco, que esto es un desierto y andando llegamos antes”. Sólo a un borracho o a un niño podría imaginármelos intentando reparar una herramienta con la propia herramienta estropeada, por lo que no puedo evitar ver en las sombras de los “infiltrados” a Don Quijotes disfrazados de molinos. Por otro lado hay quienes piensan que renunciar a un derecho es una falta de respeto a todos los que lucharon por “esto”, sin pensar que quizás “esto” no sea por lo que lucharon. Y también hay un grupo importante de prácticos ciudadanos que juegan a elegir lo menos malo, obviando con una naturalidad pasmosa que este gesto los desacredita durante los siguientes cuatro años, pues es precisamente pragmatismo cuatrienal lo que nos sobra y hechos consecuentes con sus ideas lo que nos falta.
Votar en estas circunstancias me convertiría en cómplice de esta patraña gobernada por pastores con corbata que, ya en nuestro propio nombre, nos manipulan, nos distorsionan, nos adulteran, nos falsifican, nos vician, nos ordeñan y nos esquilan, como, donde, cuando y cuanto quieren. Por ello, mientras llega mi anhelado Gabinete de Crisis Moral, me declaro Mártir de las Mayorías en defensa de la democracia no participativa, autolimitando mis derechos sin eludir la responsabilidad que implica mi condición de ciudadano en el cumplimiento de las obligaciones.
Pero eso sí, siempre que pueda, sin casco.
Como quince aguas de mayo
Han muerto dos meses y algunos días desde el principio de todo y pese a todo todo sigue —o si acaso casi—. Aquel momento que tanto tardó me trajo la alegría más difícil: la esperada; aquella que se pretende y suspira sin importarnos saber que sólo de ella depende, que viene para marcharse y siempre sin avisar —como quince aguas de mayo—.
Tengo treinta y cinco años y todos los que recuerdo los recuerdo con indignación, por tanto pueden considerarme enfermo de nacimiento aunque mi perfil desobedezca —sin extravagancias— cualquier tentativa de normalización del indignado español: tengo tres hijos, pareja estable, casa en propiedad, dos empresas, llego a fin de mes, no estoy licenciado, ni tengo flauta, odio a los perros —sobre todo a los que tienen nombre de persona—, nunca he votado ni está en mis planes y creo que el capitalismo sería más que un éxito del verano si no fuese un sistema alérgico a la sensibilidad. Acudí a todas las convocatorias a las que fui convocado y alguna más, asistí a las asambleas, merodeé por las acampadas, me hice devoto de David Bravo y si hubiesen vendido algún tipo de “Kit del Indignado” o souvenir recaudatorio hoy tendría cinco. Consciente entretanto de que en esta mansa contienda todas las armas morirían vírgenes menos la varita con la que arreaba a mis hijos —de los que me hice acompañar con fines estadísticos—, la misma que estimula al odio, necesario y seguro, que llegará con prisas y marchará sin ellas de las bocas que ahora acaricio.
Sin embargo y desde pronto mi alegría empobreció: mientras gritaba en el frente silencioso menguaban mis dudas sobre si seguiría indignado al cumplir los treinta y seis. Hoy, que quedan para la fecha dos meses llenos de días, todos vacíos de dudas, cuatro cosas vine a decirles.
Manola, “Mi hijo es un perro”, 2011.
De indignado a indignado:
Somos animales de costumbres televisivas, y como tales, nos hemos mostrado incapaces de interpretarnos sin recurrir a lo fatalmente aprendido. Esto no es Mayo del 68, sino la evidencia de que aquello tampoco se resolvió; ni estamos en la antigua Grecia, de hecho estamos a un paso de la actual; ni un concurso de ocurrencias gritonas moderado por un presentador que nos anima permanentemente a darnos besos en los codos; ni tampoco, por dios, un anuncio publicitario; y sin embargo parece que hayamos puesto nuestro empeño en convertirnos en el remake con doble tirabuzón de todo lo que aprendimos con obediencia, como si temiéramos dejar de ser los jóvenes aunque sobradamente preparados que fuimos. ¿De verdad era necesario dotar a las acampadas de biblioteca y sala de estudios como si de un Plan Estatal de Alfabetización se tratara? Sólo puedo entenderlo desde la perspectiva psicológica del exjoven que necesita recrear el único hábitat que le dotó, en algún momento de su vida, de reconocimiento social.
La necesidad de reinventarnos nos obliga a renunciar a los modelos y herramientas que nos llevaron hasta aquí, también al coche. Desaprender se convierte en obligación si realmente lo que anhelamos no es “morir de éxito”, y para ello debemos perder el miedo a lo que a tantos hombres salvó y siempre de un modo diferente: empezar de cero.
Quien quiera gloria que se apunte a catequesis serviría como contrapropaganda dirigida, por ejemplo, a los responsables del conato de feminización del movimiento 15M cuyas pancartas rezaban por una revolución feminista. ¿Tiene sentido atomizar un movimiento, de por sí complejo, con la difusión de proclamas paralelas tan innecesarias como desubicadas? Una vez más, el enfermizo afán de autobombo y diferenciación del homo sapiens sapiens sapiens, nos convirtió en otro reflejo de la sociedad oportunista y egocéntrica que conformamos, incapaz de delegar protagonismo en cualquier situación diferente a un entierro. La indignación compartida, sin etiquetas, debería resultarnos lo suficientemente estimulante como para posponer nuestras inquietudes particulares —ya establecidas y canalizadas por otras vías—, pues podría ocurrir que intentando dinamizar acabemos por dinamitar.
La emancipación forzosa de una generación sobreprotegida, con consentimiento, habría provocado un fenómeno social de características parecidas al acontecido. Tan parecidas que tengo serias dudas sobre si la situación biológica en la que se encuentra el grupo protagonista del milagro 15M no es uno de los principales motores del movimiento: hombrecitos y mujeronas precuarentones con empacho de juventud mirando el reloj sin pilas de la vida, que les pide como nunca dejar de esperar para servir el arroz; algunos, ya rendidos a los instintos, comenzaron a llamar —sin sonrojo— hijos a sus perros.
Sin duda existe una responsabilidad educativa por parte de unos padres que se resisten a dejar de ver en Manolo a Manolito, sin embargo, la verdadera gravedad de la situación proviene de la aceptación del modelo estructural por parte de todos los jovencitos caducados que dimos por compensado el enanismo emocional al que fuimos inducidos con las subvenciones paternales concedidas. Todo lo que somos, que en muchos de los casos es todo lo que consumimos, proviene del sobreesfuerzo de una generación iletrada que trabajó desde los quince librando los domingos. Aquellos frutos nos pagaron la fiesta que hoy parece llegar a su fin. En este sentido me preocupa la actitud extendida entre el movimiento 15M, tendente a exigir al Estado lo que hasta ahora obtuvimos como hijos, convirtiendo nuestras manifestaciones en la representación de la mudanza de un niño ochentón que clama tutelaje tras la muerte de sus padres centenarios. Obviar nuestra responsabilidad sobre el problema y su solución nos obliga a delegar la construcción de nuestra propia realidad.
Las revoluciones no se van de vacaciones, pero nosotros los indignados reduciremos la decisión a una cuestión presupuestaria. Así son las inercias y así somos sus inerciados.
Ojalá yerre al despedirme hasta septiembre, y agosto me sorprenda con quince aguas de mayo.
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Etiquetado 15M, crisis, estado, individualismo, juventud, oportunidad, sociedad
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Comprad, malditos
El pasado seis de abril intenté ver un Ultrashow en directo. Mi aprendida impuntualidad y una larga cola de contemporáneos lo impidieron. Sin embargo permanecí a las puertas del evento, durante la larguirucha hora de gritos y risas que interactuaban tras el muro, con el objetivo de no marcharme sin algo que llevarme a la cabeza. Un equipo de hombres Zemos y un rebaño de libros, pastoreados por su librero, me invitaron a pensar que allí algo ocurriría. Como esperar tiene de bueno que permite hacer otras cosas a la vez, compré el Ultraviolencia de la noche para dar de comer al ojo que me sobraba; sometí a suaves ejercicios de estiramiento a mis oficinados pies; invité a mis dientes a recortar las uñas de la mano de más; y puse el corazón a velocidad de crucero. En el papel de hombre ocupado me entregué al devenir convencido de que aquella no sería la primera vez que una cosa no llevase a la otra:
Manola, “Comprando fe al peso”, 2011.
Es de día, pero de noche. De noche pero no. Son las dos cosas porque alguien que se acaba de despertar no quiere levantarse.
Alguien era un joven. Un joven estaba dormido a las siete, casi de noche, y un hombre se despierta a las siete, casi de día. Ambos estarán dispuestos a no tomar decisiones unilaterales porque saben que ninguno habría podido levantarse sin ayuda del otro. Alguien se levanta a pulso. A las siete.
Un exjoven. Hay un exjoven con la boca seca. Una boca como una esponja al sol. Y también alguien muy desnudo afeitándose al tacto mientras se ducha con agua muy caliente. Caliente como el caldo de una sopa de vello recien cortado recién servida. Hay un hombre herido entre la niebla.
Alguien desvestido regresa a la habitación sin cortinaje. Un dormitorio con vistas a otro. Un hombre tal cual frente a vecinos pacíficos violentados por la desnudez de un habitual desconocido. Tan pacíficamente violentos que, en un silencioso gesto de desaprobación, echan a correr su cortina con la presteza y apatía que una liebre metálica escapa de ocho galgos de carreras.
Tanto ímpetu sólo puede acabar con la tela en la mano. Hay una cortina rendida en el edificio de enfrente. Una cortina abierta como se abre un candado sin llave. Un desnudo al descubierto. Una excortina desvestidora.
Si lo fueran serían liebres vivas por la suerte al borde del suicidio. Liebres cojas. Liebres superdeprimidas.
Un hombre cansado a propósito se viste con ropa cansada. Ropa de ayer. Un hombre que no descansa no deja descansar. Muy de ayer todo. Muy cansados todos. Mucho de todo.
Todo ha pasado y un hombre corre sin prisa. Sin prisa porque no ha quedado hasta las ocho. Corriendo porque va a trabajar hasta las ocho. Un diestro ha quedado después de trabajar con un zurdo que no ha quedado a las ocho. Dos hombres, un diestro y media cita. A través de un anuncio en internet alguien dormido, despierto, seco, empapado, quemado, afeitado, herido, desnudo, cansado, vestido, sin prisa y corriendo ha medio quedado. A las ocho. Las ocho de la tarde.
Por el sol, las ocho. Por el reloj, tarde.
Con prisa y pausa un hombre camina hacia una cola. Una cola demasiado larga. Demasiado inmóvil. Una cola circular. Una cocacola sin gas.
Cuando el zurdo se presenta. Con qué mala suerte. Una gran cola grita complacida desde el interior. Desde el exterior una gran cola grita en vano. Una gran gran cola hace nada. La primera se olvida de la exterior, y la segunda sólo puede pensar en la interior. No cabe nadie más. Dice la ley. La ley se impone.
Ese hombre que tu ves ahí, con media cita, zapatos negros y ropa cansada, se queda fuera de la cola que entró. Fuera de un momento. Fuera de casi todo. Menos de la cola de fuera.
El brote de colados de última hora es un suceso seguro. Porque hay manos inmensamente largas que eligen a dedo quien más cabe. También hay hombres dispuestos a perder la memoria. Trozos de cola interna becando a trozos de cola externa. Es lo natural cuando hay credenciales de por medio. Hola, soy tu credencial de la guarda: estás seleccionado.
Una cola exterior muere por cansancio. Cansa el tiempo. Hay una cola exterior cansada. Hay un hombre dispuesto a no matarla. Una cola de un exjoven. Casi una excola. Una cola punto. Un hombre haciendo una cola deshecha. Ay de mí.
Un hombre de su tiempo sale de su cola para comprar un libro a un hombre con veinte libros. Un momento. En el fondo un librero ambulante con el pelo de papel vendiendo violencia noguera. Aplausos. Una cola y sus colados aplaudiendo desde dentro otro momento. Otro momento que está a su vez dentro del libro de fuera. Fuera aguardan diecinueve libros vírgenes llenos de momentos aplaudidos desde dentro. Ultrashow
Sólo en el exterior. Un hombre y su librero esperan por motivos parecidos a que salga la gran cola interior de aplauso incansable. Esperar tiene de bueno que permite hacer otras cosas a la vez. Un hombre en una cola de un hombre lee. Un librero fuera de cualquier cola. Fuera de fuera. Los libreros leen. Un librero y su hombre esperan leyendo a que salga una gran cola final satisfecha.
Al final. Una gran cola final sale exultante, eufórica, triunfante o alegre de un momento simuladamente gratuito. También hay casi veinte libros esperando a una gran cola final de exjóvenes que corren como liebres sin prisa delante de casi veinte libros esperando a una gran cola final. Hombres satisfechos corren como si lloviera.
Un librero pacífico violentado por exjóvenes contentos devuelve casi veinte libros a una maleta. Tan violentado que cruza los brazos. Demasiados libros para tanta cola.
No todo lo que se pierde está en las tiendas. Hay jóvenes mayores haciendo un fondo común para comprar fiesta.
Deme otro gramo de fe.
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Etiquetado gratuidad, Miguel Noguera, Pony Bravo, Ultrashow, Zemos98
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Miguel Noguera, el expresionista exprés
Si Miguel tiene ideas y las ideas de Noguera son graciosas, entonces Miguel Noguera es gracioso —como Faemino en silencio, el resbalón de un Marine, o un “prohibido reírse”—. Sin embargo, dentro del marco artístico en el que algún valiente pretende ubicar el ingenio televisivo del médico licenciado en Bellas Artes, la faena me resulta incompleta —o quizás debería usar el término inacabada (más museístico y voluntario)—, fundamentalmente porque en principio sus buenas ideas por sí solas son eso, ideas; cuando se les dota de improvisación, buenas ideas improvisadas; y al reunirlas en un tiempo y un espacio concreto pasan a ser un espectáculo perspicaz y ocurrente —a ratos insistentemente escatológico, sexual o clerical—, pero en cualquier caso, sin una relación necesaria con el arte —más allá del arteficial—.
(Quisiera no dar a entender que una idea por sí sola, absolutamente desmaterializada, no puede ser en ningún caso una obra artística completa en sí misma; para lo cual ayudaría saber que no sólo pienso que hace mucho que los museos se quedaron ridículamente pequeños, sino que además votaría “sí” a una reconversión de estos espacios en comedores sociales para artistas mayores de cincuenta —artistas de larga duración—).
Manola, “Pos-Ultrashow”, Zemos98, 2011.
. . .
Cosas que se ven:
Libros por vender
Ídolo zurdo firmando libros leídos
Fan barbudo con gafas de pasta
Novia con medias estampadas esperando
Librero con cara y brazos de “lo sabía”
Cartel de Festival rebosando logotipos
Arquitecto combinando la madera y el ladrillo
Fotógrafo oficial diciendo “la tengo”
. . .
Puestos a hacer lecturas artísticas a oscuras, lo que me resulta sintomáticamente interesante del espectáculo Ultrashow de Noguera es la idea de atomización (quizá voluntaria) que envuelve a la pretendida obra de arte, presentándola en un formato asequible y cómodo para una sociedad educada en la hipervinculación y el consumo: arte dosificado en forma y fondo a través de una sucesión de ideas cortas (o novedades) que mueren jóvenes en el mismo orden que nacen, siempre aplastadas por una idea posterior (o una novedad más nueva).
Noguera pulveriza arte obsolescente sobre un patio de butacas con tiempo e impaciente: buen Expresionismo Exprés para todos los públicos.
“El pasado seis de abril intenté ver un Ultrashow en directo. Mi aprendida impuntualidad y una larga cola de contemporáneos lo impidieron. Sin embargo, permanecí a las puertas del evento durante la hora y media de gritos y risas que interactuaban tras el muro con el objetivo de no marcharme sin un espectáculo que llevarme a la cabeza. Un equipo de hombres Zemos y un rebaño de libros pastoreados por su librero, me invitaron a pensar que allí ocurriría algo. Sólo tenía que esperar.
Como esperar tiene de bueno que permite hacer otras cosas a la vez, compré el primer Ultraviolencia de la noche, y leyendo con un ojo, mientras pensaba con el otro, comencé a idear…”
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Etiquetado arte, consumismo, contemporáneo, ideas, Miguel Noguera, Ultrashow, Zemos98
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Masa Mansa, Bartola; Bartola, Oportunidad; (todos, Zemos)
Pronto hará tres años que el filósofo Josep Ramoneda no preguntó al aire “¿para cuándo un gabinete de crisis moral?” como habitual colofón interrogativo de alguno de sus perspectivos textos dedicados a “La Crisis”. Y también hará tres años —y un día— que me sentí en la obligación de hacerlo por él. Desde entonces hasta ahora ha llovido lo imbebible —sobre todo el año pasado, cuando por miedo a morir ahogado reinterpreté la hoja de palma que mis vecinos acostumbran a colgar de sus balcones cada Domingo de Ramos en busca de protección, sustituyéndola en el mío por un flotador—. Tras el conato de diluvio universal, el aspecto hongoso del pastel que hoy ocupa todos y cada uno de los escaparates de este planeta sin plan y simplón ha dejado a la altura del betún el pronóstico financiero más pesimista y peor intencionado de entre todos los televisados. Hoy me veo —reflejado en un millón de Ray Ban chinas— flotando en mierda aliñada con billetes de curso letal, cuyo valor principal es precisamente el de prescindir de cualquier otro más allá del económico. Nunca antes la mentira con la que se nos hace sentir estar vivos se dejó ver corriendo —tan desnuda— campo a través, sin norte, sin oficio y sobre todo sin beneficio.
Ante el grotesco paisaje cabría esperar cierta reacción animal por parte de los sujetos enmierdados, sin embargo, me observo observando con sorpresa relativa la paciencia global que hemos descorchado para la ocasión, como si los televisores —Patrico para el cerebro— nos hubiesen convencido, como se convence a una oveja, de que el aborregamiento y el estoicismo son la misma cosa. En términos bélicos, el enemigo está más a tiro que nunca, y los más de mil novecientos setenta y cinco que somos parecemos no estar dispuestos a mover el dedo —como si amaestrados evitásemos hacer lo que no se espera que hagamos—, ni siquiera a cambio de futuro. Los historiadores —periodistas rosas con paciencia— tardarán lo justo en describirnos como antiprotagonistas de nosotros mismos: perdedores en el papel de perdidos que nunca supieron si habrían sabido evitar perder “La Gran Oportunidad” vivida. Cinco minutos más tarde llegará el corresponsal de muertos más espabilado y sintético para titularnos justa y eternamente “La Masa Mansa“. (No será de extrañar que además no llegue a incomodarnos el nombramiento, pues como ya adelantó Aviador Dro, “ha nacido un nuevo pesimista, al que además de serlo, no le importa”).
Puestos a analizar las razones de nuestra patológica parsimonia no debemos ignorar que, a los que nacimos catapultados por el contrapeso del cadáver de Franco, se nos ha prohibido sistemáticamente desarrollarnos como adultos. Una vasta e involutiva sobreprotección nos invita permenentemente a olvidar que después de “crecer” y antes de “reproducirse” toca “emanciparse” —que es algo más que irse de casa—, y no “ser emancipado” —casi siempre obligados por la sobrellorada muerte—. Como resultado y drama, quienes deberíamos estar proyectando el futuro —empujando, que dirían nuestros padres—, estamos pegados con mocos al divino tesoro, como si la juventud fuese un cargo vitalicio cuyo ejercicio consistiera en poco más que contar las moscas que revolotean nerviosas sobre nuestras coronillas perfumadas con Eau de Merde. Conformistas con la boca llena y el estómago vacío, conformamos una amalgama de jóvenes perpetuos becados para siempre: por mamá, a quien en su momento obligamos a cambiar su familia por cualquier trabajo con la promesa de que a través de la realización profesional lograría la personal; por el Estado, con un complejo de superpadre —o superhéroe frustrado— que agota al más lerdo; o por la gracia de Dios, que yo, por más que se la busco, no la encuentro.
El ilusorio relevo generacional padecido podría pasar por hábil argumento si trataramos de justificar nuestra impertérrita existencia ante un espejo, pero no dejaría de resultar tendencioso y granuja si lo que pretendemos es algo más que engañarnos, pues casi siempre resulta feo e irresponsable conceder toda la culpa de quienes somos a quienes nos rodean. Entiendo que si solos aprendimos a drogarnos, alguna capacidad menor —producto de la madurez— habremos desarrollado como para permitirnos buscar la respuesta a dos cuestiones básicas: como quién quiero morir, y con quién quiero haber vivido. Cuando el sueño generalizado es trabajar en lo que no creemos a cambio de saber cuánto nos pagarían por mover el mismo papel dentro de cien años, responder a la segunda pregunta resulta complicado. Y plantearnos la primera rodeados por los gritos de “¡sálvese quien pueda!” de nuestros afuncionales “opositores”, es un frío viaje a Egoland sin billete de vuelta.
(…)
Lo que sugiero —con la ilusión propia de un ataque de infantilismo agravado por una crisis de ficción— es entendernos como unidades atómicas capaces de molecularizarse, dando forma a estructuras paralelas autónomas y ajenas al propio sistema que hoy nos malversa y que —como el pastel de hongos del escaparate— se come a sí mismo en un gesto de hambrienta desesperación. (La energía que requiere el proceso no supera a la invertida por los habitantes que empapelan la ciudad buscando perros y gatos extraviados).
No hablo de actitud de oposición, sino de creación.
Comenzemos —permítanme el palabro y acéptenme el detalle— por cortar en grupo con Bartola “la becaria”, antes de que ésta —cansada de que todos y todas nos la tiremos sin preguntar— reclame la paternidad del desastre a cuantos se (la) beneficiaron. Disponemos del tiempo que tarda en subir la marea para recoger nuestros bártulos y acompañar a Bartola a su casa —si así lo deseara—. Una vez solos ante el peligro que es vivir, habremos evitado la fea y desagradable experiencia que es estar, además de solos, mal acompañados.
Ramoneda restaría un disgusto. Y el hombre se lo merece.
PS. Tema para una canción de desamor, un verano lluvioso, o un festival internacional:
“¿Cómo mantener la verticalidad sin ayuda de estos pies?”

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Etiquetado crisis, juventud, moral, oportunidad, subvención, Zemos98
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Poesía eras tú
Además del “Día Mundial de la Poesía”, anteayer fue veintiuno, y pasado mañana —ni veintiuno ni “Día Mundial de la Poesía”— será el “Día Mundial de la Tuberculosis”, además de veinticuatro. Entre la espada de ayer y la pared de mañana, soy yo —ni tísico ni poeta— quien hoy asume la responsabilidad de evocar, titulando este día —con su noche y sin tiempo— “Día Mundial del Egocentrismo Imperialista”.
Con objeto de concienciar a los mundializadores sobre esta enfermedad y los daños que produce en el tierno s.XXI, he manipulado la rima de número insistente que escribió mientras llovía un muerto de poesía y tuberculosis: ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas / en mi pupila tu pupila marrón; / ¡qué es poesía! ¿y tú me lo preguntas? / Poesía… soy yo.
Algunos médicos son unos hijosdelagranputa
A priori debería reconocer que el colectivo señalado en el título podría ser sustituido por casi cualquier otro, pero en ese caso —en el que mi intención hubiese sido escribir sobre la gastada justificación de que en todas partes cuecen habas— tendría que constatar de algún modo que, en el caso de los médicos, lo que pienso lo pienso dos veces. Y como mi intención no es degradar a nadie de rango, he optado por utilizar el apelativo hijodelagranputa para la ocasión, reservando el hijodeputa raso para cuando decida escribir sobre lo mal que está el mundo en general —y éste en particular—.
Por si algún susceptible u optante a aludido necesitase mayor concreción en la explicación del título, añadiré que no me supone esfuerzo alguno elevar el abuso de autoridad en una cuestión esencial como la salud al plano en el que pace el abusador que lo hace respaldado por su papel de educador sotánico. Ambos reducen a sus pacientes respectivos a meros objetos de consumo, aprovechando la entrega incondicional, no recíproca, en la que se basan sendas relaciones.
Vengo a referirme a la indecente y deshonrosa afición de algunos doctores, en el papel de legionarios bioeconómicos, por recetar a espuertas fármacos como si de chucherías se trataran, irresponsabilizándose cual terroristas del paisaje humano que modelan. La desgraciada fauna que resulta de la “gracia” de los desgraciados deambula organizada en greyes de drogodependientes: existe un rebaño de madres sesentonas puestas de ansiolíticos hasta las cejas de lápiz, ignorantes de que hicieron algo más que malcriar solas a niños con cara de ego incapaces de asumir que una teta después de treinta y cinco años de uso explota; existe otro rebaño bajo idéntica medicación conformado por trabajadores inmersos en gigantescas estructuras piramidales diseñadas para convertir estrés en euros; también un tercer rebaño de mujeres en edad de producción a las que se les ha convencido, a golpe de fe y feminismo, que su propia naturaleza debe permanecer atada con largas cuerdas de píldoras hasta el día de después del arroz, que será cuando se conviertan en clientas de la primera clínica de reproducción asistida que les garantice el niño y la niña a un precio de oferta; tenemos también a las que se resisten —banquillo del rebaño anterior— para las que cualquier excusa es buena si de obligarles a tragar (píldoras) se trata —ya sea un barrillo en la frente, un bultito en una axila, o un apretón de ovarios—; y por último —sin serlo— el más paciente de los rebaños, el de los niños, a los que en cualquier descuido sensitivo, estético, o social, se les endosa gafas sin graduar para ver lo invisible, brakes para dientes de leche o metilfenidato si manifiesta el más mínimo síntoma de inadaptación a lo inadaptable —inadaptados que curiosamente se detectan mayoritariamente en zonas de nivel sociocultural bajo, donde el número de casos de tdah diagnosticados llegará a superar a los que todavía no—.
No hay que ser lince y médico —ni siquiera médico o lince— para caer en la cuenta de que el recetario asociado a las patologías expuestas está destinado a paliar los síntomas de enfermedades de algún modo inventadas, que además de ocultar dolencias de índole social y humano, comparten interesadamente el carácter de pseudocrónicas, favoreciendo la rentabilidad de la obligada cura. De fondo, la industria farmacéutica —comandada por psicopáticos laboratorios norteamericanos— se frota las manos mientras coloca su material de primera en países de segunda, a través de unos camellos de bata blanca que cada tres meses navegarán a gastos pagados en barcos fletados para la ocasión con rumbo hacia el país burdel de moda.
Hay que ser hijodelagranputa para dedicarse a esto sin que alguna noche les de por cenar un gazpacho de la mierda que recetan.
PS. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido al médico que en el noventa y siete me arrancó la confianza, cuando al contarle que llevaba tres meses amaneciendo con náuseas, me respondió, nada más y nada menos, que estaba embarazado. Hoy, paciente e ilusionado, sigo esperando.
Helarte y Sócrates
Pasado mañana le preguntaré a una amiga qué es el arte, y ella me mandará a tomar por culo. Yo insistiré, porque dentro de dos días seguiré siendo muy pesada; y mi amiga, que también lo seguirá siendo, accederá a responderme disfrazada de Sócrates, como si fuese carnaval. “La felicidad es una actitud basada en la ausencia de miedo”, replicaré a su contrapregunta como repica una campana golpeada por los dictados de su atrevimiento. Tras un breve silencio, y su correspondiente pitido, volveré a intentarlo, y mi amiga volverá a hacerlo. Pensaré que si las preguntas fuesen goles estaría eliminada, pero, como habré tomado la precaución de quemar las porterías como Cortés sus naves, seguiré dejándome socratear con la tranquilidad de quien torea a una vaca dormida. Así que volveré a responderle sin preguntar—esta vez con voz androica—: motherfucker is a vulgarism which, in its most literal sense, refers to one who participates in sexual intercourse with a mother, possibly his own.
No llegaremos a las manos porque autolesionarse está mal visto.
Ella será mi amiga, y yo soy tú.
Yo sabré que ella lo sabe, y ella sabrá que yo lo sabré.
Helarte y Sócrates sabremos ser.
El vertedero del siglo
Si en los hogares acolmenados de nuestras ciudades son los altillos de los armarios y sus cajones más bajos los destinados a cobijar todo lo inútil —por obsoleto, inservible, gastado, o absurdo hasta el ridículo—, en los pueblos, son los corrales, responsables en su día de la magia de la autosuficiencia, el espacio convenido para hacinar la parte material que excreta nuestro pasado.
En el caso más urbano, basta abrir uno de esos muebles paternos que nunca se abren, para descubrir una cápsula del tiempo colmada de aburrimiento y falsa nostalgia comprada al peso: recuerdos de Mallorca, la gran vajilla prohibida, paquetes vacíos sin desprecintar, artículos publicitarios de la Era preChina, botes de perfume vacíos, regalos para ponerse que nunca se pusieron, colecciones de nada inacabadas, sábanas bordadas por polillas, licores en su enésima fermentación, puros malos de peores bodas, y todo tipo de artículos capaces de convertir el espacio que ocupan —de por vida hipotecado— en el mayor de los despropósitos. Si la experiencia no termina de bastarnos, y nuestra valentía pide más, podemos probar a abrir muebles de propietarios más jóvenes —no sin la oportuna protección contra picaduras—, para comprobar que el paisaje cobra vida. En estos vertederos de nueva generación —gobernados por generaciones vacunadas contra la sensación de vivir dentro de un contenedor de basura idealizada, en aras de preservar el delicado equilibrio emocional que padecen—, la marcada línea que siempre ha diferenciado a lo orgánico de lo inorgánico se desdibuja con la misma alegría que se pierde el carmín entre besos: restos de novios, fotocopias de diplomas, y ¡billetes de autobus!, cohabitan hasta que una inundación los separe. Para usuarios metropolitanos avanzados, lanzo esta última pregunta-prueba: ¿qué tipo de-mente urbanita, si no la más pornográfica de la ciudad, pudo inventarse una habitación —con aires de lujo— a la que sin escrúpulo llamó trastero (de trasto), y cuyo uso final no es otro que el de purgatorio para la basura destinada a morir de humedad?
La postal del pueblo, aún más fea si cabe por la severidad de la transformación, inmortaliza un basurero privado —que sigue llamándose ilúsamente corral— atestado de esqueletos de electrodomésticos, camas durmientes, futbolines sin futbolistas, mesas y sillas patas y manos arriba, un intento de perro —chico y feo— siguiendo el rastro del pasado, el coche soñado cuando se iba en bicicleta, ahora oxidada, una moto que un día arrancaremos, cien tiestos apilados y todos rotos, una carpa sin lona cubriendo periódicos empapados, estiercol de chatarra, una piedra de cemento para mil ladrillos, y tú moviéndolo todo de aquí para allá cuando cambia el tiempo: tiempo y nada.
Por encima de todo lo demás, el s. XX nos enseñó a consumir, y nosotros aprendimos a hacerlo compulsivamente. Dejar de hacerlo es difícil, pero menos que desprenderse de lo consumido, pues en muchos casos, la basura que acumulamos —nicho de nuestros esfuerzos e ilusiones materializadas— es todo cuanto poseemos.
El s.XXI apunta a convertirse en el vertedero del XX, mortalmente consumido.
