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Bandoleros del mundo, uníos
Sobre arte y consumo. A propósito de la “Ley Sinde”.
Bandoleros del mundo, uníos. A través de un texto se presenta la acción anónima, individual y relativamente invasiva como método de alteración de opiniones sobre temas relacionados excepcionalmente en contextos impuestos, como son el ‘arte’ y el ‘consumo’, o la ‘belleza’ y la ‘necesidad’, en boca de congresistas o senadores. El desarrollo constructivo está vertebrado por una superficial identificación de identidades participantes en un problema menor, que voluminiza al débil conjunto.
Visibilidad: www.angelesgonzalezsinde.com
Colección: Poder y dominio: del espacio al expacio
Notas: “Nada tan extenso puede ser algo” (Masaoka Shiki, 1903) / Domain Graffiti.
Publicado en Acción
Etiquetado Accidentes del Sistema, arte, artistas, consumismo, Domain Graffiti, estado, piratería, Poder y Dominio, propiedad intelectual, Sinde
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¡Bandoleros del mundo, uníos! (fragmento)
(Este texto pertenece a la Acción “¡Bandoleros del mundo, uníos!”, que puede ver en su totalidad en www.angelesgonzalezsinde.com)
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A la belleza gratuita de Sinde:
vivos cantos de hielo, nadando en hilo negro.
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Generalizar es peligroso, y a veces conveniente — pues la vida está cortada por horas contadas—. Por lo tonto, cuando asumimos el riesgo de describir el todo mirando a la parte —que a priori creemos mayoritaria— hay que esperar, con deseo, que la minoría maltratada entienda la libertad tomada como un gesto de economicidad vital, justificado por el intento de resolver un problema mayor. En cualquier caso, el peor de los finales posibles es equivocarse, que no es más que una fabulosa oportunidad para rectificar.
Cuando me refiero a los Artistas en general, hablo de constructores de nuevas realidades, y enanos circundantes, a quienes les resulta genéticamente imposible no crear —o no destruir, según el caso— entre los que incluyo: músicos, escritores, pintores, escultores, cineastas, actores, bailarines, fotógrafos, performistas, intervencionistas, grafiteros, toreros, payasos, vagos disfrazados, hijosde y listillos. Una lista de inquietos creadores, en la que sería de justicia incluir a los otros artistas, aquellos que, sin oficio ni beneficio, abren puertas y ventanas de realidades únicas, desde posiciones aún no acotadas intelectualmente por ningún organismo público, o ente subvencionado: hablo de personas comunes que emanan arte, como indicaría el menos preciso de los artilugios medidores de sensibilidades, si apuntamos a su mirada, su gesto, o infinitos andares.
Por otro lado, un mínimo de sensatez y realismo, a partes iguales, me lleva a considerar inviable la posibilidad de tutelar vitalmente a cada uno de los miembros de este amplio colectivo —generador de cultura y basura—, fundamentalmente por la dispersión y arbitrariedad de la que se parte; por las probables risas, durante el durante, de las moscas al oir mis cañonazos; y, aplicando el Principio de Mínima Energía, por el insostenible efecto de parasitismo humano al que se llegaría. Sin embargo, de una u otra forma, en ello estamos.
El resultado —a la vista— es un vertedero gigante de objetos sufriblemente espontáneos, no biodegradables, rodeado por los propios responsables formados en cadena humana —a modo de muro fronterizo espiritual— entre quienes se alza Papá Estado gritando a todos y nadie “¡Pasen por caja!”, sin caer en la cuenta de que los gritados —menos los que siempre van al teatro con entradas regaladas (funcionarialmente hablando)— trabajan bajo tierra, abasteciéndose en los descansos de restos de basura, y algo de cultura, a través de los benditos agujeros peer-to-peer que hay en el suelo, y que los Artista$ no descubrirán mientras sigan autocontemplándose mirando al cielo.
Empeñado en poner puertas al campo, y alentado por la exitosa moda de la fatal combinación entre empirismo y rentabilidad, el Hombre Moderno ha decidido tomar medidas al espíritu, para hacerle un traje que le haga parecer lo que quiere que parezca: vendible.
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