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Exponga su obra en el CCCB. Ya comerá mañana

Cuando desde las propias instituciones públicas se fomenta el trabajo no remunerado por parte de creadores o artistas a la hora de poner en marcha proyectos y exposiciones orientados al uso y disfrute del conjunto de la sociedad, podemos seguir preocupados ante la extrema normalidad con la que se extiende por el pancho mundo la idea implícita de que “hay personas que pueden vivir sin comer”. Esta fea costumbre ayuda a la conservación de otra más antigua que es la de favorecer a quienes ya hoy tienen lleno el estómago de mañana; quedando reservada para los vivos por amor al arte la romántica opción de morir creando (sin obviar que en este caso el gerundio, además del modo,  indica una relación de causalidad con el verbo, dejando al descubierto una menos vistosa muerte por hambre).

Exponga su obra en el CCCB es el titular del artículo publicado hace unos días en la sección Estilos de El País, completado por un subtítulo cargado, según se mire, de crudeza o persuasión: “El centro invita a la multitud a participar como artista en una muestra”. Se trata de una iniciativa promovida por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, bajo el nombre Pantalla Global, que pretende mantener viva la llama del altruismo artístico y su consiguiente banalización. Con pasmosa y doliente soltura queda de manifiesto el interesado uso discursivo de significantes al margen de sus significados, pues que se sepa quien invita suele ser quien paga y no al revés, salvo que el propósito sea devaluar las “creaciones invitadas” hasta el punto de hacer sentir a sus creadores que están siendo víctimas de un gran favor, de una oportunidad casi vital —otra más—, consistente en ser reconocidos por un instante —casi televisivo— como artistas entre la multitud. (A pesar de la regularidad con la que se producen este tipo de convocatorias prosociales para el soliviantamiento creador de las masas y el tratamiento publicitario que suele dar a estos festejos lo que queda del periodismo —ya acostumbrado a quitarse el frío envolviéndose en papel de periódico—, diría que Roberta Bosco, la firmante del artículo, remata con maestría su trabajo empapándolo de ironía. La exacta, concreta y ridícula realidad que nos señala cuando escribe “El centro invita a la multitud a participar como artista en una muestra” no puede provocar otra cosa que tres sonrisas sobre cada una de las tres palabras clave, invita, multitud y artista, ligadas con gracia y pericia. Cualquier otra lectura nos llevaría a una pena sin salida).

No es el arte de museo un ámbito exclusivo para el desarrollo de este tipo de prácticas abusivas. Le ocurre a la música en todos sus niveles, a la arquitectura y sus innumerables concursos, al diseño, la interpretación… en definitiva cualquier medio de subsistencia basado en la capacidad creativa y creadora de la persona que lo ejecuta. La razón es bien sencilla: el flujo de ideas y su materialización son para estas personas gestos necesarios —casi parasimpáticos— y para aquellos no más que la oportunidad gratuita e incondicional que les brinda el entusiasmo creador de la multitud de vestir la habitación que queda vacía.

En un sistema donde el reconocimiento se pretende a corto plazo y un instante vale más que mil mañanas, deberían ser los responsables de las instituciones culturales los encargados de conservar vivos sus oasis de tiempo y reflexión, manteniéndolos al resguardo del producto promocional, fugaz y obsolescente que tan buena labor hace ya en los centros comerciales. Me resulta cuando menos curioso que Josep Ramoneda, hombre sensato antes que director del CCCB, fomente el trabajo gratuito entre un colectivo maltratado por el deseo innato y el antojo ajeno, con la cuestionable justificación de que Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, comisarios de la exposición, vendan sus libros.

A no ser que lo que pretendan realmente sea hacerle la competencia a Youtube. En tal caso:

¡Exponga su obra en el CCCB!
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Crea. Participa.

Ya comerá mañana.

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Miguel Noguera, el expresionista exprés

Si Miguel tiene ideas y las ideas de Noguera son graciosas, entonces Miguel Noguera es gracioso —como Faemino en silencio, el resbalón de un Marine, o un “prohibido reírse”—. Sin embargo, dentro del marco artístico en el que algún valiente pretende ubicar el ingenio televisivo del médico licenciado en Bellas Artes, la faena me resulta incompleta  —o quizás debería usar el término inacabada (más museístico y voluntario)—, fundamentalmente porque en principio sus buenas ideas por sí solas son eso, ideas; cuando se les dota de improvisación, buenas ideas improvisadas; y al reunirlas en un tiempo y un espacio concreto pasan a ser un espectáculo perspicaz y ocurrente —a ratos insistentemente escatológico, sexual o clerical—, pero en cualquier caso, sin una relación necesaria con el arte —más allá del arteficial—.

(Quisiera no dar a entender que una idea por sí sola, absolutamente desmaterializada, no puede ser en ningún caso una obra artística completa en sí misma; para lo cual ayudaría saber que no sólo pienso que hace mucho que los museos se quedaron ridículamente pequeños, sino que además votaría “sí” a una reconversión de estos espacios en comedores sociales para artistas mayores de cincuenta —artistas de larga duración—).

Manola, "Pos-Ultrashow", Zemos98, 2011Manola, “Pos-Ultrashow”, Zemos98, 2011.
. . .
Cosas que se ven:
Libros por vender
Ídolo zurdo firmando libros leídos

Fan barbudo con gafas de pasta
Novia con medias estampadas esperando
Librero con cara  y brazos de “lo sabía”

Cartel de Festival rebosando logotipos
Arquitecto combinando la madera y el ladrillo
Fotógrafo oficial diciendo “la tengo”
. . .

Puestos a hacer lecturas artísticas a oscuras, lo que me resulta sintomáticamente interesante del espectáculo Ultrashow de Noguera es la idea de atomización (quizá voluntaria) que envuelve a la pretendida obra de arte, presentándola en un formato asequible y cómodo para una sociedad educada en la hipervinculación y el consumo: arte dosificado en forma y fondo a través de una sucesión de ideas cortas (o novedades) que mueren jóvenes en el mismo orden que nacen, siempre aplastadas por una idea posterior (o una novedad más nueva).

Noguera pulveriza arte obsolescente sobre un patio de butacas con tiempo e impaciente: buen Expresionismo Exprés para todos los públicos.

(Continuará…)

“El pasado seis de abril intenté ver un Ultrashow en directo.  Mi aprendida impuntualidad  y una larga cola de contemporáneos lo impidieron. Sin embargo, permanecí a las puertas del evento durante la hora y media de gritos y risas que interactuaban tras el muro con el objetivo de no marcharme sin un espectáculo que llevarme a la cabeza. Un equipo de hombres Zemos  y un rebaño de libros pastoreados por su librero, me invitaron a pensar que allí ocurriría algo. Sólo tenía que esperar.

Como esperar tiene de bueno que  permite hacer otras cosas a la vez, compré el primer Ultraviolencia de la noche, y leyendo con un ojo, mientras pensaba con el otro, comencé a idear…”

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En un barreño de ombligos: Manuel León

Este hombre disfruta de la  habilidad de caminar por la  caprichosa línea que nos separa del abismo. Habilidad convertida en hobby, hobby en trabajo, trabajo en bendición, y bendición en habilidad. Y es que si ser Rociero Contemporáneo en el siglo veintiuno —sobre la panza de dos mil años de crisis— no es helarte , es que el frío se lo llevó aquel que marchó sin dinero a por tabaco.

Manuel León, "Primera negra tónica dominante", 2010Manuel León, “Primera negra tónica dominante”, 2010. Cortesía del artista.

Poder hablar de Manuel León sin dedicarle una palabra a su pintura, es para mí, necesidad y lujo: pensaría en Israel Galván bailando con pinceles en las manos, Catalina de Aragón haciendo pompas de chicle, Curro Romero repeliendo un tsunami de almohadillas con rayos cósmicos que salen de sus dedos, Hawking gordo reconociendo que el ochenta por ciento de sus teorías son vaciladas, y E.T.  de rodillas ante Elliot y sus amiguitos rogando con gesto “Si me queréis, irse”; por pensar pensaría en los setenta, los ochenta y los noventa, y a coro todos a todos “yo quiero ser como tú”, y en el almanaque salvaje de un nuevo siglo tachado como cartones de bingo; pensaría en qué pensar, y a horcajadas sobre el lomo de un Armado Macareno,  la sombra de Colón desnudo montada en globo buscando cazar un trueno, mientras  alguien, no consigo ver quien es, micciona en el arcén sobre una lata de gazpacho Campbell; pensaría por pensar en una columna infinita de nazarenos apilables,  en un molino a tomar vientos gritándole a Don Quijote “dame jierro”,  Dulcinéa muerta de enamorada, Montiel fumándose un dedo, y el perro de cuyo nombre no puedo acordarme asado en la pollería con salsa de caramelo; pensaría, en un zaguán, un postigo, una raya de aspirinas, y un espía sin escarmiento convencido de que el viento da alegrías;  en todo y más pensaría, en la madre que no nos parió, en la Reina de Inglaterra junto a todas sus dobles merendándose un león para convencer a Zeus de que Heras no le conviene con la ley actual por delante, en Silvio llegando tarde a la sombra de una higuera con un higo y con dos brevas,  óleo y castigo, todos testigos, en un barreño de ombligos; y como no pensaría, en la Virgen del Rocío, mojada como una lengua, susurrándose contigo “Manué, mejor seguimos amigos”.

Manola, "Manuel León, el Cazarenos", 2010Manola, “Manuel León, el Cazarenos”, 2010.
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