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Tag Archives: subvención
Masa Mansa, Bartola; Bartola, Oportunidad; (todos, Zemos)
Pronto hará tres años que el filósofo Josep Ramoneda no preguntó al aire “¿para cuándo un gabinete de crisis moral?” como habitual colofón interrogativo de alguno de sus perspectivos textos dedicados a “La Crisis”. Y también hará tres años —y un día— que me sentí en la obligación de hacerlo por él. Desde entonces hasta ahora ha llovido lo imbebible —sobre todo el año pasado, cuando por miedo a morir ahogado reinterpreté la hoja de palma que mis vecinos acostumbran a colgar de sus balcones cada Domingo de Ramos en busca de protección, sustituyéndola en el mío por un flotador—. Tras el conato de diluvio universal, el aspecto hongoso del pastel que hoy ocupa todos y cada uno de los escaparates de este planeta sin plan y simplón ha dejado a la altura del betún el pronóstico financiero más pesimista y peor intencionado de entre todos los televisados. Hoy me veo —reflejado en un millón de Ray Ban chinas— flotando en mierda aliñada con billetes de curso letal, cuyo valor principal es precisamente el de prescindir de cualquier otro más allá del económico. Nunca antes la mentira con la que se nos hace sentir estar vivos se dejó ver corriendo —tan desnuda— campo a través, sin norte, sin oficio y sobre todo sin beneficio.
Ante el grotesco paisaje cabría esperar cierta reacción animal por parte de los sujetos enmierdados, sin embargo, me observo observando con sorpresa relativa la paciencia global que hemos descorchado para la ocasión, como si los televisores —Patrico para el cerebro— nos hubiesen convencido, como se convence a una oveja, de que el aborregamiento y el estoicismo son la misma cosa. En términos bélicos, el enemigo está más a tiro que nunca, y los más de mil novecientos setenta y cinco que somos parecemos no estar dispuestos a mover el dedo —como si amaestrados evitásemos hacer lo que no se espera que hagamos—, ni siquiera a cambio de futuro. Los historiadores —periodistas rosas con paciencia— tardarán lo justo en describirnos como antiprotagonistas de nosotros mismos: perdedores en el papel de perdidos que nunca supieron si habrían sabido evitar perder “La Gran Oportunidad” vivida. Cinco minutos más tarde llegará el corresponsal de muertos más espabilado y sintético para titularnos justa y eternamente “La Masa Mansa“. (No será de extrañar que además no llegue a incomodarnos el nombramiento, pues como ya adelantó Aviador Dro, “ha nacido un nuevo pesimista, al que además de serlo, no le importa”).
Puestos a analizar las razones de nuestra patológica parsimonia no debemos ignorar que, a los que nacimos catapultados por el contrapeso del cadáver de Franco, se nos ha prohibido sistemáticamente desarrollarnos como adultos. Una vasta e involutiva sobreprotección nos invita permenentemente a olvidar que después de “crecer” y antes de “reproducirse” toca “emanciparse” —que es algo más que irse de casa—, y no “ser emancipado” —casi siempre obligados por la sobrellorada muerte—. Como resultado y drama, quienes deberíamos estar proyectando el futuro —empujando, que dirían nuestros padres—, estamos pegados con mocos al divino tesoro, como si la juventud fuese un cargo vitalicio cuyo ejercicio consistiera en poco más que contar las moscas que revolotean nerviosas sobre nuestras coronillas perfumadas con Eau de Merde. Conformistas con la boca llena y el estómago vacío, conformamos una amalgama de jóvenes perpetuos becados para siempre: por mamá, a quien en su momento obligamos a cambiar su familia por cualquier trabajo con la promesa de que a través de la realización profesional lograría la personal; por el Estado, con un complejo de superpadre —o superhéroe frustrado— que agota al más lerdo; o por la gracia de Dios, que yo, por más que se la busco, no la encuentro.
El ilusorio relevo generacional padecido podría pasar por hábil argumento si trataramos de justificar nuestra impertérrita existencia ante un espejo, pero no dejaría de resultar tendencioso y granuja si lo que pretendemos es algo más que engañarnos, pues casi siempre resulta feo e irresponsable conceder toda la culpa de quienes somos a quienes nos rodean. Entiendo que si solos aprendimos a drogarnos, alguna capacidad menor —producto de la madurez— habremos desarrollado como para permitirnos buscar la respuesta a dos cuestiones básicas: como quién quiero morir, y con quién quiero haber vivido. Cuando el sueño generalizado es trabajar en lo que no creemos a cambio de saber cuánto nos pagarían por mover el mismo papel dentro de cien años, responder a la segunda pregunta resulta complicado. Y plantearnos la primera rodeados por los gritos de “¡sálvese quien pueda!” de nuestros afuncionales “opositores”, es un frío viaje a Egoland sin billete de vuelta.
(…)
Lo que sugiero —con la ilusión propia de un ataque de infantilismo agravado por una crisis de ficción— es entendernos como unidades atómicas capaces de molecularizarse, dando forma a estructuras paralelas autónomas y ajenas al propio sistema que hoy nos malversa y que —como el pastel de hongos del escaparate— se come a sí mismo en un gesto de hambrienta desesperación. (La energía que requiere el proceso no supera a la invertida por los habitantes que empapelan la ciudad buscando perros y gatos extraviados).
No hablo de actitud de oposición, sino de creación.
Comenzemos —permítanme el palabro y acéptenme el detalle— por cortar en grupo con Bartola “la becaria”, antes de que ésta —cansada de que todos y todas nos la tiremos sin preguntar— reclame la paternidad del desastre a cuantos se (la) beneficiaron. Disponemos del tiempo que tarda en subir la marea para recoger nuestros bártulos y acompañar a Bartola a su casa —si así lo deseara—. Una vez solos ante el peligro que es vivir, habremos evitado la fea y desagradable experiencia que es estar, además de solos, mal acompañados.
Ramoneda restaría un disgusto. Y el hombre se lo merece.
PS. Tema para una canción de desamor, un verano lluvioso, o un festival internacional:
“¿Cómo mantener la verticalidad sin ayuda de estos pies?”

¡Bandoleros del mundo, uníos! (fragmento)
(Este texto pertenece a la Acción “¡Bandoleros del mundo, uníos!”, que puede ver en su totalidad en www.angelesgonzalezsinde.com)
. . .
A la belleza gratuita de Sinde:
vivos cantos de hielo, nadando en hilo negro.
. . .
Generalizar es peligroso, y a veces conveniente — pues la vida está cortada por horas contadas—. Por lo tonto, cuando asumimos el riesgo de describir el todo mirando a la parte —que a priori creemos mayoritaria— hay que esperar, con deseo, que la minoría maltratada entienda la libertad tomada como un gesto de economicidad vital, justificado por el intento de resolver un problema mayor. En cualquier caso, el peor de los finales posibles es equivocarse, que no es más que una fabulosa oportunidad para rectificar.
Cuando me refiero a los Artistas en general, hablo de constructores de nuevas realidades, y enanos circundantes, a quienes les resulta genéticamente imposible no crear —o no destruir, según el caso— entre los que incluyo: músicos, escritores, pintores, escultores, cineastas, actores, bailarines, fotógrafos, performistas, intervencionistas, grafiteros, toreros, payasos, vagos disfrazados, hijosde y listillos. Una lista de inquietos creadores, en la que sería de justicia incluir a los otros artistas, aquellos que, sin oficio ni beneficio, abren puertas y ventanas de realidades únicas, desde posiciones aún no acotadas intelectualmente por ningún organismo público, o ente subvencionado: hablo de personas comunes que emanan arte, como indicaría el menos preciso de los artilugios medidores de sensibilidades, si apuntamos a su mirada, su gesto, o infinitos andares.
Por otro lado, un mínimo de sensatez y realismo, a partes iguales, me lleva a considerar inviable la posibilidad de tutelar vitalmente a cada uno de los miembros de este amplio colectivo —generador de cultura y basura—, fundamentalmente por la dispersión y arbitrariedad de la que se parte; por las probables risas, durante el durante, de las moscas al oir mis cañonazos; y, aplicando el Principio de Mínima Energía, por el insostenible efecto de parasitismo humano al que se llegaría. Sin embargo, de una u otra forma, en ello estamos.
El resultado —a la vista— es un vertedero gigante de objetos sufriblemente espontáneos, no biodegradables, rodeado por los propios responsables formados en cadena humana —a modo de muro fronterizo espiritual— entre quienes se alza Papá Estado gritando a todos y nadie “¡Pasen por caja!”, sin caer en la cuenta de que los gritados —menos los que siempre van al teatro con entradas regaladas (funcionarialmente hablando)— trabajan bajo tierra, abasteciéndose en los descansos de restos de basura, y algo de cultura, a través de los benditos agujeros peer-to-peer que hay en el suelo, y que los Artista$ no descubrirán mientras sigan autocontemplándose mirando al cielo.
Empeñado en poner puertas al campo, y alentado por la exitosa moda de la fatal combinación entre empirismo y rentabilidad, el Hombre Moderno ha decidido tomar medidas al espíritu, para hacerle un traje que le haga parecer lo que quiere que parezca: vendible.
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