
Transición o postdata a Pedro G.
Ruxandra Malvaloba, «Transición», Sevilla, 2011.
Hace pocas semanas se replicó a Pedro G. Romero a propósito de una entrevista concedida al Diario menos íntimo de Sevilla. Desde entonces, empujada por el desasosiego al que invita lo inacabado, he permanecido cazadora a la espera del disparo que, lejos de matar, inmortalizase el momento mágico de la Sevilla bipolar: la transición.
Algunos médicos son unos hijosdelagranputa
A priori debería reconocer que el colectivo señalado en el título podría ser sustituido por casi cualquier otro, pero en ese caso —en el que mi intención hubiese sido escribir sobre la gastada justificación de que en todas partes cuecen habas— tendría que constatar de algún modo que, en el caso de los médicos, lo que pienso lo pienso dos veces. Y como mi intención no es degradar a nadie de rango, he optado por utilizar el apelativo hijodelagranputa para la ocasión, reservando el hijodeputa raso para cuando decida escribir sobre lo mal que está el mundo en general —y éste en particular—.
Por si algún susceptible u optante a aludido necesitase mayor concreción en la explicación del título, añadiré que no me supone esfuerzo alguno elevar el abuso de autoridad en una cuestión esencial como la salud al plano en el que pace el abusador que lo hace respaldado por su papel de educador sotánico. Ambos reducen a sus pacientes respectivos a meros objetos de consumo, aprovechando la entrega incondicional, no recíproca, en la que se basan sendas relaciones.
Vengo a referirme a la indecente y deshonrosa afición de algunos doctores, en el papel de legionarios bioeconómicos, por recetar a espuertas fármacos como si de chucherías se trataran, irresponsabilizándose cual terroristas del paisaje humano que modelan. La desgraciada fauna que resulta de la «gracia» de los desgraciados deambula organizada en greyes de drogodependientes: existe un rebaño de madres sesentonas puestas de ansiolíticos hasta las cejas de lápiz, ignorantes de que hicieron algo más que malcriar solas a niños con cara de ego incapaces de asumir que una teta después de treinta y cinco años de uso explota; existe otro rebaño bajo idéntica medicación conformado por trabajadores inmersos en gigantescas estructuras piramidales diseñadas para convertir estrés en euros; también un tercer rebaño de mujeres en edad de producción a las que se les ha convencido, a golpe de fe y feminismo, que su propia naturaleza debe permanecer atada con largas cuerdas de píldoras hasta el día de después del arroz, que será cuando se conviertan en clientas de la primera clínica de reproducción asistida que les garantice el niño y la niña a un precio de oferta; tenemos también a las que se resisten —banquillo del rebaño anterior— para las que cualquier excusa es buena si de obligarles a tragar (píldoras) se trata —ya sea un barrillo en la frente, un bultito en una axila, o un apretón de ovarios—; y por último —sin serlo— el más paciente de los rebaños, el de los niños, a los que en cualquier descuido sensitivo, estético, o social, se les endosa gafas sin graduar para ver lo invisible, brakes para dientes de leche o metilfenidato si manifiesta el más mínimo síntoma de inadaptación a lo inadaptable —inadaptados que curiosamente se detectan mayoritariamente en zonas de nivel sociocultural bajo, donde el número de casos de tdah diagnosticados llegará a superar a los que todavía no—.
No hay que ser lince y médico —ni siquiera médico o lince— para caer en la cuenta de que el recetario asociado a las patologías expuestas está destinado a paliar los síntomas de enfermedades de algún modo inventadas, que además de ocultar dolencias de índole social y humano, comparten interesadamente el carácter de pseudocrónicas, favoreciendo la rentabilidad de la obligada cura. De fondo, la industria farmacéutica —comandada por psicopáticos laboratorios norteamericanos— se frota las manos mientras coloca su material de primera en países de segunda, a través de unos camellos de bata blanca que cada tres meses navegarán a gastos pagados en barcos fletados para la ocasión con rumbo hacia el país burdel de moda.
Hay que ser hijodelagranputa para dedicarse a esto sin que alguna noche les de por cenar un gazpacho de la mierda que recetan.
PS. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido al médico que en el noventa y siete me arrancó la confianza, cuando al contarle que llevaba tres meses amaneciendo con náuseas, me respondió, nada más y nada menos, que estaba embarazado. Hoy, paciente e ilusionado, sigo esperando.
Homología
Manola, «Doscientos milisegundos de Kevin Carter, niño y buitre», 1993-2011.
Esto no es una provocación, es una homología.
Puede que el primer mundo no sea la solución al tercero.
Helarte y Sócrates
Pasado mañana le preguntaré a una amiga qué es el arte, y ella me mandará a tomar por culo. Yo insistiré, porque dentro de dos días seguiré siendo muy pesada; y mi amiga, que también lo seguirá siendo, accederá a responderme disfrazada de Sócrates, como si fuese carnaval. «La felicidad es una actitud basada en la ausencia de miedo», replicaré a su contrapregunta como repica una campana golpeada por los dictados de su atrevimiento. Tras un breve silencio, y su correspondiente pitido, volveré a intentarlo, y mi amiga volverá a hacerlo. Pensaré que si las preguntas fuesen goles estaría eliminada, pero, como habré tomado la precaución de quemar las porterías como Cortés sus naves, seguiré dejándome socratear con la tranquilidad de quien torea a una vaca dormida. Así que volveré a responderle sin preguntar—esta vez con voz androica—: motherfucker is a vulgarism which, in its most literal sense, refers to one who participates in sexual intercourse with a mother, possibly his own.
No llegaremos a las manos porque autolesionarse está mal visto.
Ella será mi amiga, y yo soy tú.
Yo sabré que ella lo sabe, y ella sabrá que yo lo sabré.
Helarte y Sócrates sabremos ser.
Máquinas: un gramo de fe
Ruxandra Malvaloba, «Máquinas: un gramo de fe», 2011.
El vertedero del siglo
Si en los hogares acolmenados de nuestras ciudades son los altillos de los armarios y sus cajones más bajos los destinados a cobijar todo lo inútil —por obsoleto, inservible, gastado, o absurdo hasta el ridículo—, en los pueblos, son los corrales, responsables en su día de la magia de la autosuficiencia, el espacio convenido para hacinar la parte material que excreta nuestro pasado.
En el caso más urbano, basta abrir uno de esos muebles paternos que nunca se abren, para descubrir una cápsula del tiempo colmada de aburrimiento y falsa nostalgia comprada al peso: recuerdos de Mallorca, la gran vajilla prohibida, paquetes vacíos sin desprecintar, artículos publicitarios de la Era preChina, botes de perfume vacíos, regalos para ponerse que nunca se pusieron, colecciones de nada inacabadas, sábanas bordadas por polillas, licores en su enésima fermentación, puros malos de peores bodas, y todo tipo de artículos capaces de convertir el espacio que ocupan —de por vida hipotecado— en el mayor de los despropósitos. Si la experiencia no termina de bastarnos, y nuestra valentía pide más, podemos probar a abrir muebles de propietarios más jóvenes —no sin la oportuna protección contra picaduras—, para comprobar que el paisaje cobra vida. En estos vertederos de nueva generación —gobernados por generaciones vacunadas contra la sensación de vivir dentro de un contenedor de basura idealizada, en aras de preservar el delicado equilibrio emocional que padecen—, la marcada línea que siempre ha diferenciado a lo orgánico de lo inorgánico se desdibuja con la misma alegría que se pierde el carmín entre besos: restos de novios, fotocopias de diplomas, y ¡billetes de autobus!, cohabitan hasta que una inundación los separe. Para usuarios metropolitanos avanzados, lanzo esta última pregunta-prueba: ¿qué tipo de-mente urbanita, si no la más pornográfica de la ciudad, pudo inventarse una habitación —con aires de lujo— a la que sin escrúpulo llamó trastero (de trasto), y cuyo uso final no es otro que el de purgatorio para la basura destinada a morir de humedad?
La postal del pueblo, aún más fea si cabe por la severidad de la transformación, inmortaliza un basurero privado —que sigue llamándose ilúsamente corral— atestado de esqueletos de electrodomésticos, camas durmientes, futbolines sin futbolistas, mesas y sillas patas y manos arriba, un intento de perro —chico y feo— siguiendo el rastro del pasado, el coche soñado cuando se iba en bicicleta, ahora oxidada, una moto que un día arrancaremos, cien tiestos apilados y todos rotos, una carpa sin lona cubriendo periódicos empapados, estiercol de chatarra, una piedra de cemento para mil ladrillos, y tú moviéndolo todo de aquí para allá cuando cambia el tiempo: tiempo y nada.
Por encima de todo lo demás, el s. XX nos enseñó a consumir, y nosotros aprendimos a hacerlo compulsivamente. Dejar de hacerlo es difícil, pero menos que desprenderse de lo consumido, pues en muchos casos, la basura que acumulamos —nicho de nuestros esfuerzos e ilusiones materializadas— es todo cuanto poseemos.
El s.XXI apunta a convertirse en el vertedero del XX, mortalmente consumido.


