
Pedro G. Romero o el mito del futuro jubilado
Por alusiones.

Pedro G. Romero
Entrevistas (im)pertinentes / Diario de Sevilla / Por Carlos Mármol
29/01/11
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(Tras la irreflexiva tormenta de frases descontextualizadas compartidas sin esfuerzo y con nimbo en Facebook, Twitter y otros ansiolíticos occidentales, me lanzo a los devotos de lo que toca al grito de «no todo es impulso»).
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No sé qué extraña circunstancia hace a los niños raros de la Sierra de Huelva crecer teorizando sobre lo humano y lo divino hasta convertirlo en poesía u obligación. Mi madre es panzurraca, por lo que además de haber secundado la sevillana costumbre de molestar a la sierra en su siesta, he tenido la oportunidad que ofrece pertenecerle en parte de tocar de cerca en cerca a su gente: serranos mecidos por aquella interminable media tarde de verano.
No conocer a Don Pedro personalmente no me impide identificar en sus modos de exponer y presentar lo que leo a algún que otro cebollero, higuereño —aún encojo mi nuca zagalera pellizcada por la voz de corcho y humo de Manolo Ordoñez Poeta—, papero o alarjeño, todos raros y serranos, que comparten más que en apariencia el amor profesional por teorizar sobre lo cotidiano, convirtiendo lo que tocan en vida, obra y milagros. Un estilo con aires de vicio, menos bravo que montés, que ligado al chauvinismo sevillano —que también enseña su pataza en esta entrevista— me hace dudar, por ejemplo, si fue Don Pedro quien adoptó a Sevilla —como Colón a Guanahaní— y no al revés.
Desde esta escuálida atalaya, en el papel de perdedor por obra y gracia de Israel Galván, trataré de rebatir lo que entendí —quién sabe si poco y mal—, siempre desde un respeto sincero por alguien capaz de lo más dificil: compartir su unicidad. Le ruego al lector en general y a Don Pedro en particular que deslea la posible acritud de mis palabras. Consúmame, por favor, como una naranja sin pelar: inicialmente amarga, gustósamente ácida y perdurablemente dulce.
El terciopelo es más indigesto.
La boda de moda: un crimen sin Hymen
Hoy, poco después de empezar, y justo antes de que alguien, desde Carolina del Sur, intentara convencerme de los beneficios de un pene más grande, he tenido el disgusto de leer mi primera invitación de boda recibida por correo electrónico, así que, con prisina y por la espalda, tensó mi cara el par de jarros de bofetadas que a diario se encargan de informarme que el mundo gira igual que ayer —valoren ustedes si bien, mal, regular, o igual que antes de ayer—. En boca de los propios interesados, la intención era «salirse de la invitación al uso», así que podrán dar por más que logrado su objetivo: se salieron con la suya, del uso, y de todas las curvas habidas en el camino.
El tema «boda», tam poco importante, potencia de un modo desmesurado, y sin a penas esfuerzo por mi parte, la poca ira que gasto, supongo que por la ligereza con la que se concentra en torno al asunto, impune y de gala, lo feo entre lo feo, alardeando además de cotidiano. Y si la boda en sí, a mí plin, lo cotidiano me preocupa en la medida que lo comparto por necesidad, convirtiéndo lo que parecía la anécdota del día, en una cuestión personal de supervivencia mínimamente coherente. Por ello, me veo en la situación de rebatir lo que oteo —ante Dios, juez, o ambos pardos a la vez— con lo que puedo: mi opinión.
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Oso sapiens
Bajo el paraguas de la sabia naturaleza se cobijan comportamientos animales dignos de museo por su belleza y sencillez:
Una osa polar clausura su particular festival de invierno escapando del lecho y techo de nieve que desde octubre a marzo hizo las veces de útero de emergencia, y que a la par convirtió en nido desmatronado. El día de la eclosión será el único que la portentosa no amamante a su osezno, con el fin de que una vez fuera de la osera, éste le persiga llamado por el hambre, facilitando así el Curso Intensivo de Vida que el pequeño gran oso estará obligado a superar durante sus primeras veinticuatro horas de sol. En la naturaleza no hay exámenes de recuperación.
Sin embargo, el paraguas de la sabia naturaleza parece que fue abandonado precisamente por el primer animal sabio durante un ataque de orgullo:
Una mamá amaternal, alicatada de maquillaje hasta el alma, inyecta entre moflete y moflete de su obeso bebé supuesto alimento a fuerza de cuchara, que éste entrenado nunca llegará a engullir, pues como siempre, anda pendiente de la dulce cancioncilla que la madre que lo parió le lorea a papá: «papá ve sacando el chupachú, papá ve sacando el chupachú, papá ve sacando el chupachú«. A lo que papá responde con son y eco infinito: «mamá lo estoy sacando, mamá lo estoy sacando, mamá lo estoy sacando». Las pupilas de su cría, cada vez más dilatadas, no les son suficiente al par de animales para caer en la cuenta de que no le están enseñando a comer, sino a mentir.
Si esto no es de gilipollas, que venga el oso y lo vea.
Nada en sí misma y todo a la vez, ¿qué es?
«Cualquier tiempo pasado fue mejor», repiten a toda boca quienes, tras sus párpados fechados por el peso de la dúctil nostalgia, esconden la mirada ovina del poco observador. Además de tratarse de un comentario hueco, vacío de fundamentos mínimamente objetivos, intenta decir tanto en tan poco, que me lleva a pensar que sólo alguien interesado, amigo indolente de las frases hechas, osado, o directamente tontuno, puede acabar haciendo suyas tales palabras —que por otro lado, un simple cambio de orden, las llevaría a decir más y «mejor, cualquier pasado fue tiempo«—.
Con sólo un abrir de ojos, vivos por ver mientras miran, todo un muestrario de oportunidades se presentarán a pie de cama, junto a las zapatillas y el resto de ayer, desdeñando cualquier tentativa de comparación entre hoy y tiempos pasados, pues no hay mejor día que el de la oportunidad, ni peor instante que el de la opción única. Contar con la breva de las posibilidades, podría pasar por el mejor de los despertares, en contraposición a la aburrida y previsible jornada cuyo diario sólo se lee y nunca se escribe.
Pero que tampoco llegue el optimismo al río cuando queda todo por hacer: sería ilusorio esperar tumbado —que es mucho menos provechoso que esperar dormido— a que la oportunidad de guardia, a salto de tigre, ocupe nuestro lecho, se desnude como sólo puede quien quiere, y nos lo haga tres veces al gusto.
Mientras llega Bucay para convencer a los indecisos, yo les invitaría a la idea de que «una oportunidad no es nada en sí misma, y todo a la vez». En la siguiente ronda, evítenme, por favor, contemplar la mirada resignada de quien prefiere desprenderse de la posibilidad de tatuarle un chupetón a su propio porvenir al patético grito de «cualquier tiempo futuro será peor».
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«Ay que pesado es el pasado,
siempre pensando en el posado,
de mal de amor mal pisado,
la vida murió esperando»
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PS. He de confesarles que mi primera intención era hablar sobre la basura que acumulamos, y miren como acabé, nombrando a Bucay con los Cano de fondo.




Ruxandra Malvaloba, «Matar al muerto», Villanueva del Ariscal (Sevilla), 2010.