Algunos médicos son unos hijosdelagranputa

A priori debería reconocer que  el colectivo señalado en el título podría ser sustituido por casi cualquier otro, pero en ese caso —en el que mi intención hubiese sido escribir sobre la gastada justificación de que en todas partes cuecen habas— tendría que constatar de algún modo que, en el caso de los médicos,  lo que pienso lo pienso dos veces. Y como mi intención no es degradar a nadie de rango, he optado por utilizar el apelativo hijodelagranputa para la ocasión, reservando el hijodeputa raso para cuando decida escribir sobre lo mal que está el mundo en general —y éste en particular—.

Por si algún susceptible u optante a aludido necesitase mayor concreción en la explicación del título, añadiré que no me supone esfuerzo alguno elevar el abuso de autoridad en una cuestión  esencial como la salud al plano en el que pace el abusador que lo hace respaldado por su papel de educador sotánico. Ambos reducen a sus pacientes respectivos a meros objetos de consumo, aprovechando la entrega incondicional, no recíproca, en la que se basan sendas relaciones.

Vengo a referirme a la indecente y deshonrosa afición de algunos doctores, en el papel de legionarios bioeconómicos, por recetar a espuertas fármacos como si de chucherías se trataran, irresponsabilizándose cual terroristas del paisaje humano que modelan. La desgraciada fauna que resulta de la “gracia” de los desgraciados deambula organizada en greyes de drogodependientes: existe un rebaño de madres sesentonas puestas de ansiolíticos hasta las cejas de lápiz, ignorantes de que hicieron algo más que malcriar solas a niños con cara de ego incapaces de asumir que una teta después de treinta y cinco años de uso explota; existe otro rebaño bajo idéntica medicación conformado por trabajadores inmersos en gigantescas estructuras piramidales diseñadas para convertir estrés en euros; también un tercer rebaño de mujeres en edad de producción a las que se les ha convencido, a golpe de fe y feminismo, que su propia naturaleza debe permanecer atada con largas cuerdas de píldoras hasta el día de después del arroz,  que será cuando se conviertan en clientas de la primera clínica de reproducción asistida que les garantice el niño y la niña a un precio de oferta; tenemos también a las que se resisten —banquillo del rebaño anterior— para las que cualquier excusa es buena si de obligarles a tragar (píldoras) se trata —ya sea un barrillo en la frente, un bultito en una axila, o un apretón de ovarios—; y por último —sin serlo— el más paciente de los rebaños, el de los niños, a los que en cualquier descuido sensitivo, estético, o social,  se les endosa gafas sin graduar para ver lo invisible, brakes para dientes de leche o metilfenidato si manifiesta el más mínimo síntoma de inadaptación a lo inadaptable —inadaptados que curiosamente se detectan mayoritariamente en zonas de nivel sociocultural bajo, donde el número de casos de tdah diagnosticados llegará a superar a los que todavía no—.

No hay que ser lince y médico —ni siquiera médico o lince— para caer en la cuenta de que el recetario asociado a las patologías expuestas está destinado a paliar los síntomas de enfermedades de algún modo inventadas, que además de ocultar dolencias de índole social y humano, comparten interesadamente el carácter de pseudocrónicas, favoreciendo la rentabilidad de la obligada cura. De fondo, la industria farmacéutica —comandada por psicopáticos laboratorios norteamericanos— se frota las manos mientras coloca su material de primera en países de segunda, a través de unos camellos de bata blanca que cada tres meses navegarán a gastos pagados en barcos fletados para la ocasión con rumbo hacia el  país burdel de moda.

Hay que ser hijodelagranputa para dedicarse a esto sin que alguna noche les de por cenar un gazpacho de la mierda que recetan.

 

PS. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido al médico que en el noventa y siete me arrancó la confianza, cuando al contarle que llevaba tres meses amaneciendo con náuseas, me respondió, nada más y nada menos, que estaba embarazado.  Hoy, paciente e ilusionado, sigo esperando.

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